18 de julio 2001 - 00:00

El problema que enfrentamos hoy

El día 22 de junio del corriente año, el ministro de Economía, Dr. Cavallo, con el respaldo del presidente de la Nación, dio a conocer una serie de medidas destinadas a resolver la difícil situación por que atraviesa el país. El análisis de esas medidas debe realizarse conforme a dos enfoques distintos. El primero es considerar las medidas separadamente refiriéndolas a cada uno de los problemas planteados. El segundo enfoque contempla el marco dentro del cual se toman las medidas. Ese marco responde a una línea de pensamiento económico determinada, que sirve de orientación y encuadre a las disposiciones adoptadas.

El análisis de las medidas de carácter puntual aplicadas a la solución de problemas específicos está siendo realizada por especialistas, comentaristas y medios de comunicación que siguen la marcha diaria de los acontecimientos. No me propongo participar de esa tarea. Quiero, en cambio, referirme a su encuadre y a la filosofía económica que las orienta.

El modelo

En julio de 1989 el nuevo presidente electo, Dr. Menem, sorprendió al país impulsando un programa de transformación en la vida nacional basado en abandonar las prácticas socialistas que se habían aplicado durante más de 40 años, reemplazándolas por una política económica de extracción liberal, cuyos puntos fundamentales eran: libertad económica, vigencia de la economía de mercado, inserción del país en los mercados internacionales, reducción del gasto público y reorganización de la burocracia, y sobre todo, defensa de la estabilidad monetaria. Para ello se privatizaron las empresas del Estado, se desreguló la economía y se suprimió la creación espuria de moneda. A esa política económica la opinión pública le dio el nombre de «el modelo».

Ese modelo se aplicó durante el primer mandato del Dr. Menem (desde 1989 a 1995), pero su instrumentación quedó inconclusa durante su segundo mandato (1995-1999). A pesar de esta limitación, los resultados del modelo fueron realmente notables. Se salió del abismo de la hiperinflación, se recuperó el prestigio internacional y se atrajeron grandes inversiones que impulsaron el crecimiento del país. Empresas de todas clases fueron encaradas, y una ola de confianza y optimismo se extendió por casi todos los ámbitos de la vida nacional. Lamentablemente ese desarrollo comenzó a frustrarse a fines de 1994, cuando reapareció el déficit en las cuentas nacionales. Los problemas fueron agravándose y final-mente condujeron a la crisis actual.

El gobierno del Dr. Fernando de la Rúa, a pesar de que muchos de sus integrantes atacaban el modelo, resolvió mantenerlo. Corresponde establecer si las medidas bajo análisis responden o no a ese modelo. Esto es de la mayor importancia por cuanto destacados dirigentes políticos, los intelectuales «progresistas», la mayoría de los medios de comunicación y, en general, quienes influyen sobre la opinión pública, han estado y están realizado una sistemática campaña de propaganda atribuyendo al modelo la responsabilidad por los males reales o supuestos que está viviendo el país.

Algunas consideraciones

Una primera observación, un poco de carácter global, es que el ministro de Economía no se ajusta a una doctrina económica determinada, y que en todo caso no le asigna importancia a la línea liberal que es la que inspira el mode-lo. Está dispuesto «pragmáticamente» a adoptar las medidas que considere conveniente, sin aferrarse a ninguna directriz que dé cohesión y sustento a las decisiones a tomar.

Por ejemplo, una de las medidas ya en ejecución es la de llevar a cabo acuerdos de competitividad con diversos sectores de la actividad económica y aun con empresas aisladas. Inevitablemente esa política se irá acentuando por cuanto los sectores hasta ahora no favorecidos comenzarán a reclamar que se les conceda ventajas y privilegios como las que se están otorgando.

Ese procedimiento es contrario a la economía de mercado por cuanto no será éste el que oriente las inversiones y el desarrollo de nuevas empresas y actividades, sino que será el Estado quien a través de los variados mecanismos dirigirá toda la actividad económica. Ello implica un retorno hacia la economía dirigida cuyo fracaso ya se ha manifestado en todos los países donde se la ha adoptado. Ello ha ocurrido también en la Argentina, donde la economía dirigida vigente durante más de cuarenta años es en gran parte responsable de la crisis presente.

Otro caso de gran importancia a considerar es el de la ampliación de la Ley de Convertibilidad. En lugar de modificar esa ley en el sentido de permitir su ajuste a las condiciones del mercado, se ha decidido modificarla mediante un complejo e inútil mecanismo que, aunque no se lo quiera conocer, altera el tipo de cambio sin tener en cuenta la correlación entre éste y la actividad económica. La rigidez de la actual ley con tipo de cambio fijo y moneda sobrevaluada es en gran medida responsable de la persistencia de la recesión y la desocupación que afecta al país. El error básico de la ley no es corregido mediante las medidas en marcha.

Pero lo más importante del conjunto de anuncios efectuados es la casi nula referencia al mayor y más grave de los problemas que afectan a la Argentina: la magnitud del gasto público y del déficit del presupuesto nacional. No hay recursos para atender ese gasto y ese déficit. Sólo se lo puede financiar contrayendo nuevas deudas. Durante más de siete años, en oportunidad de discutirse en la Cámara de Diputados el presupuesto nacional, insistí en el problema citado señalando que el país está «viviendo de prestado» y que esa evolución inevitable-mente nos llevaría a una verdadera insolvencia fiscal y a un aumento explosivo de la deuda pública.

El monto de esa deuda alcanza ya a más de 140 mil millones de dólares, que obliga a pagar más de 14.000 millones de dólares por año en concepto de intereses. La creencia de que estos problemas se habrán de solucionar cuando se reanude el crecimiento del país en la segunda mitad de este año es sencillamente ilusoria. No se dice por qué habrá de producirse ese crecimiento. No se puede crecer porque el gasto público absorbe los recursos que serían necesarios para ello, y no se puede resolver el problema del gasto público si no hay crecimiento. Estamos en presencia de un verdadero «nudo gordiano», que no podrá desatarse o cortarse a través del programa lanzado. Este no tiene ni siquiera en cuenta la existencia de ese problema.

Otra de las medidas bajo análisis adolecen del mismo defecto: su falta de conexión con alguna línea de pensamiento determinada. El gobierno no sigue en materia política económica un rumbo definido; todo se reduce a aplicar medidas aisladas que si bien pueden servir en el corto plazo para atender problemas específicos, en el largo plazo son insustanciales cuando no directamente opuestas a las verdaderas soluciones.

El tema no se agota con estos ejemplos. Los acontecimientos nos llevarán pronto a tener que profundizar este examen. No podremos escapar a la necesidad expresada en otras épocas a través del aforismo de que «hay que pasar el invierno».

El enfoque político

Las dificultades actuales, el escepticismo reinante y las protestas que se van intensificando no se deben exclusivamente a la política económica, sino que provienen del marco político y psicológico dentro del cual aquella se desenvuelve. Hay un exceso de declaraciones, marchas y contramarchas, y un intento de influir psicológicamente sobre la opinión pública, que llevan a ésta a descreer de los actos de gobierno.

La forma en que las autoridades de todos los niveles, principalmente en el ámbito de la economía, es la que crea el citado escepticismo y la desesperanza. Especialmente negativas son las promesas de los políticos, economistas e informantes de la opinión pública que, al no realizarse, llevan a ésta a no creer en nada. Es éste un problema sutil que es ignorado por la tecnocracia y por los políticos permanentemente enfrascados en sus intereses electorales.

Es un problema de «personalidad», cuya solución no se encuentra en los libros ni en las improvisadas prácticas. Un ejemplo: al comenzar la Segunda Guerra Mundial, Churchill fue llamado a dirigir el vital esfuerzo que requería el conflicto. Durante más de 10 años había sido poco menos que excluido del escenario político y sus advertencias acerca de la probabilidad de la guerra habían sido desoídas cuando no criticadas.

Al asumir su cargo de primer ministro, Churchill dijo simplemente: «No tengo para ofreceros sino sangre, sudor y lágrimas». No disimuló la trágica situación que afectaba a Gran Bretaña. Tampoco formuló cálculos y pronósticos con el propósito de «tranquilizar» a la opinión pública. Y ésta creyó en él y soportó las terribles contingencias de la guerra.

Salvando las distancias y la dramaticidad de los acontecimientos, en la Argentina de hoy deberíamos tener en cuenta ese ejemplo. Se debe hacer conocer al pueblo la naturaleza de los problemas que vivimos, fijar un rumbo para la acción a emprender y no desviarse de él tratando de complacer al público mediante paliativos o concesiones. Tampoco mediante promesas incumplibles. Esta es la tarea a realizar que a falta de un Churchill debe ser realizada por el gobierno. No son los enfoques electoralistas ni tecnocráticos los que puedan llevarla adelante.

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