1 de agosto 2001 - 00:00

La falta de respaldo explica por qué la protesta fue pacifica

La falta de respaldo explica por qué la protesta fue pacifica
Quienes imaginaban cortes de ruta violentos, una jornada negra para la Argentina, quedaron defraudados. Fue una suerte de protesta «light», con menos gente de la supuesta y declarada por sus promotores, pero desplegada en gran parte del país con criterio organizativo gracias al e-mail y el teléfono. Aunque en todos los piquetes no reunieron más adherentes que un acto convencional en la Plaza de Mayo (30 mil personas) -dicen que conspiró en su contra el no pago de los planes Trabajar, que habilita 22 pesos por presencia diaria y 36 si se incluye la noche-, ubicarse en más de 50 puntos neurálgicos impidiendo el tránsito les permitió usufructuar más rédito del que realmente les correspondía. Desde que los camioneros impusieron bloqueos de alta efectividad con mínimo personal han cambiado las formas de protesta, también el impacto. Con 15 personas se interrumpe cualquier ruta o avenida y se dispone la facilidad de trasladarla a otro punto si la autoridad ejerce presión.

Se advirtió, antes de iniciados los piquetes, el excesivo celo de los organizadores --D'Elía y compañía-por ofrecer una «fiesta en paz», sin duda atentos a la falta de respaldo popular a estas manifestaciones (así lo señalan las encuestas). Otras dos razones impusieron esta conducta: hubo negociación con el gobierno y la advertencia de éste para sofocar cualquier violencia y, sobre todo, la convicción y temor de estos manifestantes de que podían ser desbordados por sectores más extremistas. En ese caso, fue clara la actitud que revelaron frente a la toma del Banco Provincia en Florencio Varela: desde La Matanza, a los gritos, D'Elía reclamó públicamente que los ocupantes desalojaran la entidad en orden al tiempo que denunciaba a Roberto Martino, jefe de ese grupo piquetero, como colaboracionista del gobierno. Debió ser bastante dramático para el líder matanzero imaginar que su movimiento fuera rebalsado por organizaciones de izquierda activa y hasta por los veteranos Montoneros de Firmenich que quisieron acoplarse --con ganancia, claro-a este movimiento.

Bastante folklóricos resultaron los piquetes, con la tradicional quema de neumáticos, ollas populares, murgas, redoblantes, núcleos familiares con chicos, perros y hasta el canario. Incluyendo la identificación colectiva con «foulards» celestes para distinguirse, las elegantes mujeres del Teresa Rodríguez utilizándolo al bies y varios muchachones envolviéndose el rostro como si estuvieran en el Mayo francés. No había casi ninguna de La Sorbonne, sin embargo. Lo más notable, sin embargo -y gracias a la televisación de Crónica como si fuera un reality show-fue la aparición de protagonistas por un día, casi de «Gran Hermano»: curiosos, espontáneos, militantes, ingenuos, unos más alfabetos que otros, en cada piquete habló por TV uno o dos manifestantes. Casi su hora más gloriosa compartiendo cartel con la tostada Alicia Castro, la emocionada Vilma Ripoll y el dúo principal de D'Elía y Juan Carlos Alderete.

Para los modestos organizadores (al menos, los que dieron la cara) pero con ínfulas de más figuración que Donald Trump, la jornada y los piquetes fueron «extraordinarios» e «históricos». Piensan, y esto sonó como una advertencia, que se ha instalado ya una agrupación nacional: la semana próxima, con 48 horas de piquetes, van a tratar de demostrar que están para partido político propio. Más que a la gente que molestaron, este aparato de revoltosos de la calle -ya con diferencias irreconciliables entre sí por «revolucionarios» y «pequeños-burgueses», casi remedando la polémica ERP y Montoneros-se aprestan desde la desocupación, la indigencia y la marginalidad, con la ayuda económica del Estado (gracias al secretario del Presidente, Leonardo Aiello, que los quiso colmar con planes Trabajar), parece dispuesto a restarles poder a partidos como el peronista, el radical y el Frepaso.

Dejá tu comentario