10 de septiembre 2001 - 00:00

La mejor reforma es la alternancia obligatoria

Con un altísimo descreimiento en la mal llamada «clase política», el sistema democrático necesita con urgencia cambios que legitimen las decisiones.

Se dice que la gente no quiere saber nada con la política, acerca de la cual expresaba Aristóteles que tiende «al bien principal, que es el bien común». Más bien parece que la decepción se refiere a los políticos concretos.

Después de 18 años de democracia ya no resulta suficiente expresar principios, los ciudadanos piden resultados. Por eso poco importan los discursos, se descree de ellos.

Se espera que la dirigencia sepa hacer, que tenga éxito en mejorar la vida de su pueblo y que lo haga en paz, con sensibilidad, apertura, respeto y decencia.

Para lograr una dirigencia son necesarias más participación y más competencia. Que surjan nuevos líderes, con más energías, con menos mañas, con nuevas ideas, con menos prejuicios.

El camino es asegurar la alternancia, es decir la renovación en el ejercicio del poder. Es necesario que algunos resignen posiciones.

Hace 2.400 años, Aristóteles sostenía en «La política»: «Se considera justo que gobiernen por turnos». Pensaba que el recambio era necesario para dar oportunidad a todos de servir a la comunidad. Y advertía: «Por las ventajas que se obtienen de los cargos públicos y del ejercicio del poder, los hombres quieren mandar continuamente, como si los gobernantes fuesen enfermizos y sólo disfrutasen de salud mientras están en funciones».

En línea con estas ideas he presentado en mayo pasado un proyecto de ley que restringe la reelección indefinida de diputados y senadores nacionales. Se propone que los legisladores puedan renovar sus bancas sólo por un período consecutivo, en consonancia con lo que rige para el cargo de presidente de la Nación.

Después de una reelección deberán dejar trascurrir por lo menos un período de cuatro años entre mandatos.

Tengo la certeza de que aprobar esta iniciativa ayudaría a una verdadera oxigenación y abriría espacios para muchos que tienen legítimas aspiraciones, especialmente jóvenes y mujeres.

A pesar de que en general existe la tendencia, cuando se discute el tema de la reelección de cargos, de exigir la alternancia «de los otros», nunca la propia, pondré todo mi esfuerzo para que la Cámara de Diputados incorpore esta iniciativa a la nueva ley de reforma política que será tratada próximamente.

Más y mejores dirigentes deben tener oportunidades para renovar la política; se trata de promover nuevos políticos, no nuevos partidos con viejos políticos.

La Argentina necesita sacudirse la hipocresía de su dirigencia, replantearse su futuro a partir de un diagnóstico objetivo y veraz, y avanzar en decisiones de Estado que impidan un retroceso que sería imperdonable.

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