4 de enero 2002 - 00:00

No habrá mejora si se vuelve a los '80

La Alianza, ese fenomenal fracaso político, deja al país en una crisis institucional, económica y social enormes. Sumido en un colapso de credibilidad. Se llegó acá por contradicciones políticas de la coalición, por falta de rumbo y por claros retrocesos en las políticas de los '90. Los más importantes fueron:

1- No pago de la deuda pública: blindaje, megacanje, canje local y default. No es, como se ha presentado, algo deseable, menos un éxito. No sólo por responsabilidad de la Nación ante sus habitantes (los más perjudicados) y ante el mundo, sino porque sencillamente NO CONVIENE. Para los que equivocada o irresponsablemente pedían el default, acá lo tienen. Estas son las consecuencias: incertidumbre financiera, huida de depósitos, pánico cambiario, cierre del comercio internacional, aislamiento, nula inversión. Costará años recuperarnos; pagaremos en altas tasas de interés y en crecimiento; en inversiones, pobreza y desempleo.

2- Falta de rumbo económico: inútil discusión acerca del modelo (cuando, en realidad, ese modelo universal no existe), blandiendo el tema como una banderita, sin decir de qué se habla, sin discutir a fondo cuáles son los instrumentos necesarios, las restricciones, para lograr objetivos compartidos por todos de crecimiento y mejora en la vida del pueblo.

3- Vuelta a políticas que ya fracasaron: estatización de deudas privadas, capitalizaciones fiscales, promociones sectoriales, intervencionismo discrecional, etcétera.

4- Política monetaria y cambiaria arbitraria y poco clara: se vulneró la independencia del BCRA, se vulneró la convertibilidad (única certeza firme de la economía argentina) creando dudas sobre ella con gran incremento del riesgo cambiario, que repercutió en el riesgo-país, llevándolo de menos de 500 puntos en diciembre del '99 a más de 5.000 cuando De la Rúa abandonó el gobierno.

5- Déficit fiscal creciente, $ 10.000 millones este año, inducido en parte por la propia decisión del gobierno de violar la ley de solvencia fiscal en el presupuesto 2001. Parece mentira haber provocado un retroceso tan espectacular en tan poco tiempo.

•Devaluación

Tras la discusión sobre el modelo, está en realidad la intención de abandonar la convertibilidad; única política exitosa de los últimos 25 años, a partir de la cual logramos crecer y reinsertarnos en el mundo, triplicando nuestras exportaciones. Varios conspicuos miembros del club de la devaluación ya sacaron sus depósitos, en dólares, el último año ($ 18.000 millones de pérdida de reservas). Otros vendieron sus empresas a precios excelentes gracias a la generalizada revaluación de activos de la década peronista y ahora esperan una devaluación para traer parte de su plata y recomprar barato. Los que creyeron y dejaron su dinero en el sistema serían perjudicados por una devaluación y se sienten burlados, con razón. Es a ellos a los que primero les debe dar respuesta el Estado. Lo mismo que a los que viven de un sueldo o una jubilación y no quieren perder gran parte, con la devaluación.

¿Por qué no se hace una encuesta nacional para ver si la gente quiere que le paguen en dólares, en pesos o en bonos? Así, por lo menos, desmitificaríamos el tema de la dolarización, que, al paso que vamos, será la alternativa única de recuperación de confianza, y que está vedada porque la propuso Menem. La cuestión es, otra vez, si se fabrica plata sin respaldo o si se continúa con la convertibilidad 1 a 1 o si, eventualmente, se dolariza. El primero es el camino facilista y populista, el otro es el camino responsable y popular, ya que es el que preserva los ingresos de los trabajadores y jubilados e impide que volvamos a una moneda para los ricos, el dólar, y otra para los pobres, la devaluada. También evita la inflación (que ya empezó), el impuesto de los pobres.

•Salida

La Argentina no está quebrada, sí lo está su dirigencia política, que, en gran parte, no ha sido capaz de actualizarse para proponer soluciones acordes con los tiempos y con el resto del mundo, en vez de discursos principistas, retóricos que, a la hora de gobernar, se convierten en fracasos. El nuevo gobierno justicialista del doctor Eduardo Duhalde tiene una dificilísima tarea, no tanto por los pésimos índices socioeconómicos en los que nos sumió De la Rúa (pobreza, más de 35%; desempleo, más de 20%; reservas, $ 14.500 millones; crecimiento, en caída libre) por errores de todo tipo, sino porque estamos en un colapso de credibilidad en todos los órdenes. Ya en las elecciones de octubre hubo señales de esa falta confianza. La sociedad dio un mensaje claro a TODOS los partidos políticos (incluso al PJ, a pesar de que ganamos) de que espera resultados. Sería un gran logro volver en estos dos años los índices de 1999, a pesar de que fue un mal año por la crisis de Brasil (pobreza, 27%; desempleo, 13,8%; reservas, $ 33.000 millones; crecimiento, en leve recuperación después de una década de altos promedios). Deberá privilegiarse un buen diagnóstico, sin prejuicios; evitar ideologismos inconducentes, anacronismos, y, recordando que «la única verdad es la realidad», afrontar esta gran crisis con estatura de estadista,alejando cualquier internismo o partidismo egoísta que condicione la correcta toma de decisiones. Es demasiado lo que se juega en la Argentina: el bienestar de nuestro pueblo por muchos años.

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