Elia Kazan recibió su discutido Oscar a la trayectoria en 1999.
Fue una de las pocas veces en que Marlon Brando se puso serio. Le preguntaron no hace tanto, en una entrevista televisiva, por su maestro Elia Kazan, y después de un breve silencio, invirtió los términos del discurso fúnebre por Julio César y masculló: «El bien que hacen unos pocos hombres los sobrevive, el mal queda enterrado con sus huesos. Que sea así con el bueno de Elia». A los 94 años, en su casa de Nueva York, murió ayer Elia Kazan, perseguido desde siempre por la admiración y la ignominia. Su vasta obra, capital en la cultura americana del siglo XX, lo sobrevive; la polémica a la que su nombre siempre estuvo ligada desde los años de sus delaciones durante el macartismo, quedó desde ayer enterrada con sus huesos. Kazan, el gran artista y el soplón, el emigrante turco que revolucionó, junto a Lee Strasberg, la manera de concebir las artes de representación a mediados de siglo en la escena norteamericana, fue uno de los pioneros más culposamente estudiados por las nuevas generaciones.
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En 1999, el Oscar honorífico a su trayectoria dividió a los asistentes y congeló por unos instantes la ceremonia: allí estaban, aplaudiendo de pie, Martin Scorsese y Robert De Niro, mientras Nick Nolte, Nicolas Cage y tantos otros permanecían sentados en sus butacas, el desprecio en los ojos. Ni unos ni otros, desde luego, habían vivido aquellos años. Nacido en Kadi-Kiev, Constantinopla, el 7 de setiembre de 1909, el niño Elia Kazanjoglou (su verdadero nombre) llegó con su familia a los 4 años a los Estados Unidos (una odisea de pobreza y sueños de progreso que retrataría estupendamente en su película «América América» de 1963). De jovencito, una de sus primeras tareas fue en una agencia teatral, de donde muy pronto saltaría a integrar la Ri-En 1954, y por la que obtiene otro Oscar como mejor director, estrena su sinfonía de la delación: «Nido de ratas», con Brando, Karl Malden y Rod Steiger, la mejor película que se haya hecho nunca sobre los bajos fondos portuarios, a la que le seguiría, en otro sentido, la mejor adaptación de una obra de John Steinbeck para el cine, «Al este del paraíso», posiblemente también la mejor de las tres películas que llegó a filmar James Dean en su breve carrera. Con «Baby Doll» (1956), interpretada por Malden y Carroll Baker, Kazan exploró las fantasías eróticas de un hombre maduro con mayor sutileza aun que la misma «Lolita» de Kubrick seis años más tarde, y en «Un rostro en la muchedumbre» (1957), con Andy Griffith, se adelantó varios años a la crítica de la «construcción del ídolo televisivo» que tanto se examinaría una década más tarde. En esa década estrena obras no menos fundamentales como «Río Salvaje», con Monty Clift, «Esplendor en la hierba», con Natalie Wood y Warren Beatty, la citada «América América» y «El arreglo», con Kirk Douglas. De 1976 data su última película, antes del retiro, las memorias y las más pacífica literatura, «El último magnate», con De Niro y Tony Curtis.
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