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¿Quién se llevó los depósitos?
•Funcionamiento
Con la aparición de la Ley de Convertibilidad, la prédica oficial monetarista convenció al público de que dado que el Banco Central disponía de reservas en dólares equivalentes a la totalidad de la base monetaria, esto garantizaba a los depositantes la seguridad de sus depósitos, tanto como si los mantuvieran en un banco de primera línea de los Estados Unidos. La gente aparentemente se tragó el anzuelo y creyó que la supuesta cobertura de un dólar un peso garantizaba no sólo la paridad cambiaria, sino la seguridad y disponibilidad de sus depósitos y así los depósitos aumentaron a 28,5% por año desde el comienzo de la convertibilidad.
El sistema bimonetario de tipo de cambio fijo creado a partir de la Ley de Convertibilidad permitía que el público en cada oportunidad convirtiera libremente sus depósitos en dólares a pesos o viceversa. Esto, a su vez, facilitaba la creencia de que la paridad conocida por convertibilidad era inexpugnable y que un dólar un peso perduraría per secula seculorum. No obstante esta seguridad y la fantasía de haber convertido o así intentado convertir al Banco Central en una caja de conversión, la gente comenzó a percibir una noción de la que nunca antes había tenido noticias. Después de una fugaz luminosidad, el programa de Cavallo comenzó a trastabillar y el aumento de los impuestos no cerraba la brecha creciente del presupuesto. Así, el denominado riesgo-país hizo irrupción repentina en la mente de los argentinos, y ascendía a niveles que superaban a los países más pobres de la Tierra ante el estupor general. Impulsados por el temor, los depositantes comenzaron a huir despavoridos y así, mientras desaparecían depósitos tanto en dólares como en pesos, se perdieron reservas por más de $ 20.000 millones entre febrero y diciembre del año pasado.
•Sin moneda
Apareció, entonces, el denominado «corralito» y lo que las autoridades monetaristas habían garantizado que no podía ocurrir por la cobertura del uno a uno, oh, milagro, ocurrió. Así, de pronto la Argentina se encontró prácticamente sin moneda, y los argentinos denodados sin depósitos. Ya desde Cavallo, los que habían sacado sus depósitos eran «buitres» que conspiraban contra el país. El pueblo, inmediatamente se sintió estafado y como de hecho creía que sus pesos y sus dólares estaban en los bancos más seguros que en sus casas se quedaron sin unos ni otros.Y obviamente, si algo existía, y ya no estaba, era porque alguien se los había llevado y así el chivo expiatorio era la maldad de los Shylock que regían el sistema financiero en contra de los intereses de los trabajadores, de las empresas nacionales y por último ya se habían apoderado de los depósitos de los ahorristas. Estas versiones se oyeron en repetidas ocasiones en la muy honorable Asamblea Legislativa, símbolo indeleble de nuestra democracia representativa, con la que se come, se cura, se educa, etc.
La realidad es muy otra, y es que los que se llevaron las ganancias de las empresas nacionales, el salario y el empleo de los trabajadores y los depósitos de los ahorros de los argentinos fueron los gobiernos nacionales y provinciales, cuya voracidad fiscal se tradujo en el aumento del gasto público en 120% desde la convertibilidad hasta el fin del siglo. El proceso que hemos sufrido y seguimos sufriendo en la Argentina es el mismo que causó las últimas crisis financieras en todas partes del mundo; desde México al Sudeste asiático y pasando por los países nórdicos. En todos ellos quebró el sistema productivo de bienes transables como consecuencia de la antinomia entre la política cambiaria y la fiscal. Se olvidó que no se puede controlar el tipo de cambio nominal si no se puede controlar el gasto público nominal. La inflación, ese fantasma que amenaza por doquier, no es el problema, sino la forma en que se manifiesta el problema que lo antecede y que es la expansión irrestricta del gasto público.
•Solución
Cuando el déficit fiscal se financia con la expansión del denominado «crédito doméstico» (nomenclatura del FMI) se produce la inflación. Cuando ésta no se reconoce en el tipo de cambio y éste se mantiene fijo, indudablemente que se produce déficit en la cuenta comercial y aparecen problemas de pagos internacionales. De ahí la necesidad de la devaluación, que no es más que el reconocimiento en el precio de las divisas, del aumento de los precios de todos los otros bienes y servicios. Si por el contrario el aumento del gasto se financia con impuestos, se encarece la producción nacional, se pierde competitividad y se reduce la rentabilidad de las empresas. Igualmente se produce un déficit en la cuenta comercial y aparecen los problemas de pagos, tanto nacional como internacional. Es decir, finalmente la quiebra y/o pérdida de rentabilidad de las empresas productivas determina la imposibilidad de pagar los créditos y se producen las crisis bancarias. La desconfianza creciente ahonda el problema y así se pierden los depósitos y reservas. La solución pasa entonces no por la devaluación, sino por la reducción del gasto y los impuestos.
Cuando se hace como en la Argentina o en México o en Asia, donde se financió no sólo con aumento de impuestos, sino con deuda, aumenta aún más la tasa de interés y finalmente cuando colapsa el sistema productivo caen las recaudaciones y es entonces el gobierno el que no puede pagar. Aumenta entonces el riesgo-país y finalmente se produce el default externo (canje de deuda mediante) e interno («corralito»). Así, la colisión entre la virtud del control monetario y cambiario (Ley de Convertibilidad) y la virtud de la solidaridad gubernamental en su empeño generoso por distribuir lo que los otros producen generan esta conflagración que hoy padecemos.


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