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Sigue la mala tendencia:cerrará Diana Lowenstein
De la impecable gestión de Lowestein vale la pena destacar las cuidadas ediciones de los catálogos, la excelencia de los montajes y algunas exposiciones memorables, como la de Matta en 1990, artista que la galería representa en toda Latinoamérica. Pero el verdadero afán ha sido la inserción del arte argentino en los circuitos internacionales, y, con este propósito, durante esta última década Lowestein presentó y vendió obras de nuestros artistas en las mejores ferias del mundo.
«Es un esfuerzo titánico realizado no sólo sin ayuda económica y tampoco institucional», señaló la galerista en diversas oportunidades a este diario. Su mensaje apunta al costo de asistir a una feria como ARCO de Madrid, la FIAC de París, Art Bassel, Art Chicago o Art Miami, que, en general, supera los 50.000 dólares, dinero que difícilmente se recupera con la venta de arte de bajo costo como el contemporáneo.
La inercia de gran parte de las agregadurías culturales argentinas, incapaces de brindar siquiera un apoyo teórico que ayude a interpretar el arte que promocionan las galerías, obliga a mayores esfuerzos. «Cada vez que llego a una feria, tengo que volver a explicar por qué los argentinos no pintan indios ni gauchitos», agrega Lowestein. Si bien para los artistas de la galería la noticia resultó demoledora, para Orly Benzacar, que junto con Lowestein perseguía el objetivo de trascender la frontera, implica la pérdida de su única aliada.
El arte requiere una base muy sólida que lo sustente: el soporte de museos, coleccionistas, patrocinantes, funcionarios y operadores culturales y también del galerista. Cuando una columna está floja, se tambalea el pedestal. Esta temporada, comenzó con estupendas muestras y un público entusiasta, acostumbrado al consumo de bienes culturales, pero el sistema comienza a mostrar sus grietas.
El sitio clave de consagración del arte contemporáneo es la galería, y, es preciso reconocerlo, este mercado, incipiente en la Argentina, está en crisis. Afectados por la recesión, la mayor parte de los artistas abre sus talleres a los coleccionistas y vende sus obras sin respetar la intermediación del marchand. Así, los coleccionistas se ahorran una comisión, sin advertir que su acción deja a las galerías sin capital para invertir en trabajos teóricos, catálogos, montajes de exposiciones y, como se mencionó, en la maratón de bienales, ferias e intercambios que impone el mercado global.
Por otra parte, está la distorsión que generan en el mercado los dealers que, ahorrando impuestos y todo tipo de gasto en acción cultural, atienden en sus casas u oficinas y ejercen una competencia feroz.
La noticia de la próxima clausura de Lowestein y el simultáneo arribo de los operadores culturales de Brasil derrochando estrategias para conquistar el mundo desnudan las falencias de nuestro sistema. En principio, la incapacidad de la Argentina para exportar su arte, que es producto de la ausencia de un diseño político. Diana Lowestein cierra su galería, pero lo que se debería abrir de inmediato es un debate sobre el futuro del arte argentino.
Continúa en el país la crisis que afecta a los marchands del arte contemporráneo. La Galería Diana Lowestein cerrará sus puertas en julio, luego de reiterados reclamos por la falta de apoyo oficial a nivel económico e institucional. El espacio de arte exhibió obras de Miró, Picasso, Bacon, Lidner, Lam, Matta, Tàpies y Adami, entre otros, y se destacó por sus catálogos, por sus montajes y por su afán de insertar el arte argentino en el circuito internacional.


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