Es bueno recordarlo. Anatole Saderman, moscovita, tenía apenas 14 años cuando vivió la Revolución de Octubre, el comienzo de la Guerra Civil entre blancos y rojos, y la forzada emigración con sus padres. En los años siguientes tuvo su primera cámara fotográfica, conoció Lodz, Berlín, el comienzo del nazismo, otra vez la forzada emigración, el océano, Montevideo, el oficio de fotógrafo, la aventura en Asunción del Paraguay, la estabilidad final en Buenos Aires. En 1934, con 30 años de edad y miles de kilómetros y rostros observados, abrió su primer estudio porteño.
Pronto se especializó en retratos, que se hicieron cada vez más notables. Tenía mano, buen ojo, un sincero interés por cada persona retratada, y una filosofía que dejó por escrito en un texto llamado “Para fotógrafos. Un decálogo sin mucha importancia (que es muy importante leer)”. De esas experiencias que supo transmitir, incluso al público lego, de cosas gratas e ingratas que le tocó vivir, de andanzas y consagraciones por Roma y Nueva York, de su esposa, con quien traducía los clásicos rusos, y de los colegas amigos con quienes hizo avanzar el arte fotográfico en Argentina, de todo eso habla este documental, que repasa un siglo largo desde Moscú hasta Santiago del Estero, solar de los nietos, y que está hecho con gran inteligencia y dedicación por su hijo Alejandro.
Alejandro Saderman nació acá en 1937, trabajó desde los 14 en cortometrajes, documentales, publicidades, también en Italia, Cuba, la ONU y la vieja Venezuela, donde hizo por primera vez una ficción, la excelente “Golpes a mi puerta”, con Juan Carlos Gené y Verónica Oddó. Cuando volvió hizo “El último bandoneón”, documental premiado hasta en Nashville, y ahora este “Anatole”, que se exhibe los sábados en el Malba.
“Anatole. Decálogo para un retrato” (Argentina, 2022). Dir.: A. Saderman. Documental.
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