3 de junio 2005 - 00:00

Cazando postales en Lençoís Maranhenses

Cazando postales en Lençoís Maranhenses
Este Brasil casi desconocido atrapa al visitante desde el primer instante. Estamos en el estado de Maranhao, en el nordeste atlántico, y los Lençoís envuelven sin compasión al viajero, que se hunde en sus arenas, que se lanza por sus laderas, que rueda sin miedo hasta el próximo lago. El paraje resulta paradisíaco y virgen, y si es entre marzo y setiembre mucho más. La mano del hombre no se ve, afortunadamente, por ningún lado, y el camino puede resultar agotadoramente bello, interminable por la sucesión de lagos y dunas que saldrán continuamente a nuestro paso. ¿Se imaginan una extensión equivalente a 155 mil canchas de fútbol de arena y agua, que se extienden a lo largo de 70 kilómetros de costa y playas, y hasta 30 kilómetros hacia el interior del país?

Para llegar a los Lençoís hay que hacer parada y fonda obligatoria en Barreirinhas, un pequeño pueblo de 30.000 habitantes, puerta de entrada a este parque nacional. Situado a orillas del río Preguiças y a 272 kilómetros de San Luis, la capital de estado, Barreirinhas es una ciudad que invita a quedarse. Fuera todavía de los grandes circuitos turísticos brasileños, todo en ella atrae al viajero. Es un inmenso placer pasear por sus tranquilas calles, y es imprescindible sentarse a tomar una fría cerveza en algunos de los garitos que rodean la parte de la orilla donde atracan los pequeños barcos. Sentarse, beber pausadamente y ver pasar a los habitantes de este pueblo que todavía se sorprenden al ver a un extranjero y que ignoran que más pronto que tarde los turistas pueden acabar invadiendo su reposo.

También, si hay tiempo, es recomendable aprovechar su pequeña pero hermosa playa fluvial -que es donde se bañan los lugareños que no tienen tiempo de acercarse al Atlántico- con una arena impropia de una ribera de interior: esplendorosa, sedosa.

Hacia el parque

Una cuatro por cuatro nos lleva desde Barreirinhas hasta Lagoa Azul. Es un vehículo completamente abierto y preparado para que el agua lo invada por los costados cuando atraviesa los numerosos riachuelos que le salen al paso. El traqueteo acompaña desde el primer kilómetro. Traqueteo y agua. Después atravesamos el Preguiças con la ayuda de un trasbordador empujado por una lancha a motor. Volvemos al traqueteo y al agua hasta que llegamos a la imaginaria entrada del parque nacional de los Lençoís Maranhenses.

Allí se deja el coche y se empieza el camino a pie. Se recomienda poca ropa y andar ligero de equipaje, sólo lo imprescindible. Se suben y se bajan algunas dunas antes de llegar al primer lago; el cansancio puede hacer que más de uno se rinda antes de hora y decida que ya ha llegado a la meta, que allí también se puede nadar.

Se equivocará si lo hace porque después de ese pequeño lago y de subir y bajar algunas dunas más se llega a la auténtica meta, a Lagoa Azul.

Hay muchos destinos como éste en los Lençoís, no se preocupe, puede haber uno para cada visitante curioso; nunca se sentirá agobiado por la presencia masiva de japoneses con sus cámaras digitales en ristre, ni excursiones masivas, ni nada por el estilo. Por ahora, al menos por ahora, se puede dar cuenta de esta inmensidad única en el planeta sin demasiados testigos. Lagoa Azul, Lagoa do Peixe, Lagoa da Esperanza, Lagoa Bonita. También el Oásis do Sula, el de Nicolau. Destinos exclusivos para coleccionistas de postales diferentes.

DESDE EL FARO

Cuando la noche cae sobre Lagoa Azul, lo mejor que puede hacerse, después del traqueteo del camino de vuelta a Barreirinhas y de una buena cena en alguno de sus bien surtidos restoranes, es esperar a que amanezca para volver a empezar de nuevo. Hay que salir pronto hacia Ponta do Caburé en el Océano Atlántico. Lo mejor es alquilar una voadeira que nos lleve por el río Preguiças hasta esta esquina de Brasil. El trayecto es inolvidable. El Preguiças nace en el centro del estado de Maranhao y alcanza su destino atravesando los Lençoís. Sin paradas, el trayecto duraría apenas 55 minutos; pero hay que parar y disfrutar de Vassouras, Espadarte, Morro do Boi, Mandacaru y, finalmente, Caburé. A esta parte se la conoce como Pequenos Lençoís.

En Mandacaru, es obligatorio ascender al faro. Inmejorablemente vista en 360 grados desde donde podemos ver largas extensiones plagadas de palmeras, palmeras de buriti, muy importantes para los habitantes de la zona ya que en sus manos pueden convertirse en una casa, en herramientas de trabajo, en una piragua y hasta en uno de los alimentos típicos de la región gracias a su fruto. Pero también, desde el faro tenemos al alcance de nuestros ojos una panorámica perfecta de la zona: el río, los Lençoís, los pueblos cercanos, el Atlántico al fondo, con Caburé en la punta.

Si la de Caburé no es la playa más larga del mundo, le falta poco. Ponta do Caburé es una enorme franja de arena que se extiende entre el Preguiças y el Atlántico; una playa de más de 30 kilómetros en línea recta. Tan virginal como todo lo que hemos visto antes. Una locura de paz y tranquilidad. Cuando además la marea está baja, uno puede meterse tanto en el océano que corre el riesgo de perder de vista la costa y con el agua apenas rozándonos las rodillas. Es otro lugar para estar solo bajo un impresionante cielo azul ribeteado de manchas blancas. Si aún le queda algo de tiempo no olvide tomarse al menos una caipirinha de la mejor cachaza, sentando en el porche de la cabaña número 7 de una pequeña posada llamada Porto Buriti, en la esquina nordeste de este Brasil hermoso y desconocido.

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