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Internet ha provocado una dispersión de los viajeros
«Trabajo para la industria del turismo desde hace mucho. Llevo unos cuarentitantos años de estar en este gran emprendimiento que es, a la vez, una gran ilusión. Esa gran ilusión que las personas van imaginando, desarrollando, planificando, hasta que las circunstancias económicas le permiten hacer realidad esos sueños», explica Roa apenas comenzamos a dialogar con él.
Periodista: ¿En qué sector del turismo se inscribe?
Oscar Augusto Roa: En el exportativo. Siempre he estado manejando viajes a distintos destinos del mundo. Cuando comencé a trabajar, a mediados de la década del 60, a los 19 años, para la mayoría el destino dorado era Europa. Todavía se viajaba mucho en barco y los viajes eran de 90 a 120 días, dando vueltas interminables en un autobús por Europa. Eso fue importante como aprendizaje para mí porque fui acompañante o conductor de grupos en muchas oportunidades para diversas empresas, muchas que aún existen y que marcaron un hito en la industria, en la forma de viajar y en los lugares a visitar. En ese tiempo se ofrecían itinerarios de contenidos muy substanciales, estadías cargadas de bonanza porque se realizaba el viaje de la vida, el viaje de la cultura, un viaje enriquecedor donde las metas fundamentales eran ver los museos y las iglesias. Damos vuelta la página, y 40 años después, hoy, la meta es la imagen, la foto, y el «ya estuve». No pregunte qué vio ni qué experiencia tuvo, ni qué percibió ni qué recibió. Es un paseo pasatista.
P.: ¿Cuándo se produce ese cambio?
O.A.R.: Cuando las posibilidades económicas acercan los viajes. En el caso argentino, los momentos en que el nivel de cambio volvió accesibles los más diversos destinos. Los traslados se hicieron masivos. Eso sí, se acortaron cada vez más los tiempos de viaje, y se recortaron los itinerarios; las propuestas tan enriquecedoras de otra época quedaron en los anales de la historia. En los incipientes 70 apareció como meta Sudáfrica, que marcó historia por los cientos de miles de argentinos que eligieron ese destino. Claro, siempre estuvo Estados Unidos, que a inicios de los 70 tuvo un nuevo impulso con el universo Disney. Surgieron los viajes para conocer Disney World, que contaba entonces con un único parque temático. A veces, ese viaje era combinado con otros a la Costa Este, a ciudades como Miami, Washington, Boston, Nueva York, etcétera, permitía una escapada a Canadá, un circuito por el interior de los Estados Unidos, una visita a la Costa Oeste o una de un interés más específico del viajero. Por ese tiempo comenzó a imponerse otro destino, no a ponerse al alcance, pero sí a ser muy solicitado por viajeros que ya habían experimentado los hitos más tradicionales: la Polinesia francesa. Llegar a Papeete, a Tahití, para luego deambular por las Islas de la Sociedad como Bora Bora, Moorea, Nuku Hiva, Raiatea y Tupai.
P.: ¿Cuándo aparecen otros destinos?
O.A.R.: En los 80 aparecen Australia y Nueva Zelanda. Y nunca dejó de estar Oriente, un destino de sueño que marcaba la edad de los viajeros. Por lo común, un matrimonio o gente de edad media para mayor, para la que era poco menos que el último viaje de su vida. Un viaje al que se iba llegando a través de escalones de viajes. Eran recorridas por inmensos itinerarios.
P.: ¿Iban a Medio Oriente o al Lejano Oriente?
O.A.R.: Medio Oriente se consideraba una extensión de Europa, hasta que adquirió fisonomía propia y se volvió «el viaje a Medio Oriente», cuyos puntos centrales son Grecia, Egipto, Israel y Turquía. A Oriente eran los grandes viajes a imperios exóticos, exuberantes. Era ir al encuentro con India o China, sin dejar de lado algunos otros lugares fascinantes.
P.: ¿Qué pasó a partir de los años 90?
O.A.R.: Comenzó el descubrimiento, una visión mágica muy envolvente, de lo que se llamó Indochina, con viajes a Vietnam, Laos, Camboya, Tailandia (uno de los países más ricos como destino cultural, filosófico y religioso), la fantasía de Indonesia, con la particularidad de Bali. Algunos no se pierden de ir a Malasia, que no deja de sorprender a quien lo visita.
P.: ¿Qué pasa hoy?
O.A.R.: Hay una dispersión que se ha dado a partir de Internet. Primero se viaja por Internet, por la televisión, por Traveler Channel, por los suplementos especializados de los diarios, por los múltiples medios de información con que contamos y que son maravillosos. Esa posibilidad de investigar, de navegar por la información, hace que la gente elija, seleccione, descarte. Es un «mire y tire», hasta llegar a lo que puede interesar por los más diversos y personales factores. Hoy, hay en la gente joven mucha inquietud por ver otras civilizaciones, conocer otras culturas, y no absolutamente de visitar aquellos que en el pasado fueron los destinos fundamentales.
P.: ¿Ya no quieren ir a Estados Unidos ni a Europa?
O.A.R.: Claro que quieren, pero muchos eligen el destino del andariego. Es el joven que va más allá de Europa o comienza por otros destinos. Pero, además, descubren que cada lugar tiene lo suyo; cada ciudad, cada sitio tiene lo suyo. Uno tiene que tener entonces la libertad de liberar su espíritu y dejar ser atravesado por los lugares, dejar que las cosas lo toquen, que uno no se sienta extraño, sino que como con la vida en vez de transitar, mezclarse, participar, deslumbrarse, asombrarse, enriquecerse, maravillarse de estar donde se está. En el viaje como en la vida hay que tener una apertura de la percepción sin juicio, saber recibir, sentir, disfrutar, gozar, pensar, analizar, capturar y guardar todo aquello que se quiere conservar para uno.
P.: ¿Cuál de los innumerables destinos que ha conocido es el que más le ha impactado?
O.A.R.: Para mí el destino más profundo es Oriente. Creo que si yo hubiera comenzado viajando a Oriente, mi vida habría sido diferente. Alguien escribió con acierto que Oriente orienta. Y allí elijo un destino muy curioso, que trastrocó mucho mi mente, mi posición frente a la vida. Ese que hoy se llama Unión de Myanmar, y antes se llamó Birmania. Es uno de los destinos más importantes de mi vida, tal vez por la dificultad del acceso, acaso por su riqueza cultural, filosófica y religiosa, o por su geografía y su forma de vida, por su tiempo, porque Myanmar tiene un tiempo distinto del de los otros países.
P.: ¿Qué lugar del extranjero siente que es el que más conoce?
O.A.R.: Europa, pero tendría que hablar de ciudades, de la eterna París o de la actual Berlín, una ciudad por la que profeso una enorme admiración, un profundo respeto por su capacidad de despertar el asombro, por su capacidad de reconstitución. Y, claro, una visita inevitablemente reiterada es a ese museo abierto del mundo que es Italia.
P.: Mencionó poco a Estados Unidos, siendo un especialista.
O.A.R.: Desde una perspectiva absolutamente profesional, he viajado muchísimo a Estados Unidos y en Estados Unidos. He ido por shows, encuentros, reuniones corporativas, eventos empresarios. He llevado turistas, contingentes de viajeros. He hecho recorridos en auto. Es un país enorme, de una cultura totalmente diferente, no comparable al resto. Si uno está realmente abierto, descubre su esencia, eso que es Estados Unidos, que también tiene lo suyo por todas partes, por caso, una riqueza geográfica inimaginable.


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