Dentro de este marco de sugerencias viables para nuestro sector, brevemente desarrollaremos algunas posibilidades que tiene la ganadería, si es que no se atenta contra ella. En primer lugar, es nuestra obligación hacer ver a quienes gobiernan que los cambios en esta actividad deben ser consensuados y muy bien estudiados antes de implementarlos. Puesto que una medida desacertada o mal aplicada trae efectos altamente perjudiciales y hacen muy difícil su reversión, dado que el proceso ganadero por más que les duela a algunos es una actividad de mediano a largo plazo, que no soporta más parches.
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A la pureza y riqueza genética argentina hay que incrementarla, aumentando el desastroso porcentaje de destete que a nivel nacional ronda en 62%. Esto se logrará con políticas de fomento, desarrollo y estímulo. No aprietes. No amenazas. ¡No retenciones!...
La seducción debe ser el mecanismo elegido, con presencia de premios y castigos. Pues los eficientes no tienen por qué subsidiar eternamente a los ineficientes. Al ser desplazada parte de la ganadería nacional a otras zonas, es prioritaria la educación y formación del hombre que va a atender a la vaca.
El conocimiento posibilitará las prácticas del manejo estacional de servicios para sincronizar pariciones, el uso del destete como estrategia no sólo de rutina sino de estimulante reproductivo. La puesta en práctica de los tactos y revisación de toros también será otra herramienta fundamental para aumentar el guarismo antes citado. La receptividad de los campos es otro ítem a tener en cuenta. Es vital aumentarla para que la vaca explote todo su potencial. Para esto citamos a la educación, a la jerarquización del empleo y a la puesta en marcha de un mecanismo financiero como nervio y motor del salto que debemos dar. Los créditos deben ser supervisados, y aquellos que los obtengan deben cumplir con la calificación requerida que no podrá ser otra que la cabal utilización de los mismos para la mejora productiva del lugar donde se encuentren. Las tasas de los mismos deberán contemplar la previsibilidad de la ganadería en un sistema eficiente como el que se propugna y deberán bajar para ser verdadero aliciente y elemento de crecimiento, y no salvavidas de plomo como ocurre en numerosas ocasiones incrementando peligrosamente el número de ahogados.
Puesto que al cambiar el escenario la vaca, el hombre debe tener la competencia debida, criterio que no siempre ocurre. Otro punto a desarrollar es la comprensión de la cadena, en donde a todos los que la formamos les debe ir bien o propender a que les vaya, pues es sabido que nosotros los productores somos los formadores del músculo, pero una vez faenado se convierte en carne vacuna, de ahí la necesidad de ir todos juntos.
Hay que erradicar de una vez para siempre la apuesta al fracaso. No hay más tiempo para versus. Por enfrentamientos inútiles, se demoró el desarrollo. Esto hay que reconocerlo y obrar en consecuencia para cambiarlo. Volviendo al bajo porcentaje de destete, para hacerlo crecer, debemos desarrollar políticas estables, reglas de juego claras, seguridad jurídica. Que a un sector le vaya bien no debe ser una mala palabra. Debería ser una bendición, para que actuara como catalizador para que todos puedan crecer. El crecimiento se logra con estímulos. ¡No con retenciones! Es fundamental comprender esto. Pero no podemos omitir que nuestro sector es el mayor contribuyente al erario nacional y en el mismo, aunque parezca de Ripley, no está representado.
Al tener un sistema presidencialista muy fuerte es necesario que el sector que más contribuye esté sentado a la mesa. Por ello entendemos que la presencia de un ministro de Agricultura y Ganadería en todas las reuniones de Gabinete, con peso propio, ayudaría a poner en marcha el motor del país.
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