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China y EEUU, de los intereses compartidos al choque de superpotencias

Las diferencias comerciales son relativamente lo más sencillo de resolver. Pero Trump ha roto el equilibrio y el vínculo está ahora más bien orientado hacia la confrontación que a la cooperación.

Si bien hay una serie de factores ideológicos, geopolíticos y económicos que contribuyen a explicar el curso actual de confrontación entre China y los EE.UU., no pareciera que estamos frente a un choque inevitable. Ante todo, porque se trata de un conflicto que se ha precipitado por causa de la política exterior del presidente Donald Trump. Desde esa perspectiva, este choque de superpotencias no encaja en los enfoques realistas que se han hecho tan populares últimamente. El más famoso es la “Trampa de Tucídides”, sobre la puja irremediable entre potencias hegemónicas y en ascenso, a lo largo de la historia.

No puede afirmarse con certeza que China sea una potencia en búsqueda de la hegemonía global. China nunca buscó la hegemonía global en casi 5.000 años de historia y no hay señales concretas de que ahora sí lo haría, pese a su imparable ascenso en los planos económico, militar y tecnológico. China tampoco parece querer cambiar el orden global, o bien intentar exportar su sistema político y valores a Occidente. En todo caso, la pretensión “hegemónica” china se acotaría a su vecindario asiático.

Respecto a las diferencias comerciales entre China y los EE.UU., son relativamente lo más sencillo de resolver. Las negociaciones avanzan a ritmo lento, pero están bien encaminadas. Quizás lo más complejo sea la disputa por la supremacía tecnológica, la cual es probable se prolongue y profundice en los próximos años. No obstante, tampoco se presenta como un choque inevitable, ya que ambas partes también tienen en este aspecto mucho más para ganar negociando y acordando.

Sobre las cuestiones geopolíticas, mientras los EE.UU. no interfieran en lo que China considera sus aguas territoriales, el riesgo de confrontación militar es muy bajo. Ninguna de las dos partes quiere una guerra, la cual sería desastrosa.

Más allá del curso futuro de la disputa en cada uno de esos planos, se pueden destacar una serie de intereses fundamentales compartidos por EE.UU. y China:

- El sostenimiento del orden multilateral actual. China no pretende revisar un orden global del que mayormente se ha beneficiado, sobre todo desde su ingreso a la OMC, en 2001. Desde la perspectiva de los EE.UU., fundador y principal sostén histórico de este orden, se supone esto debiera seguir siendo un interés primordial.

- Aumentar la cooperación económica internacional. Desde 1978, cuando se inició el Proceso de Reforma y Apertura, China ha ido progresivamente abriéndose al mundo y beneficiándose de los flujos de comercio internacional. El fortalecimiento y expansión del libre comercio global también se supone que es un interés compartido con los EE.UU.

- Lucha contra el cambio climático. Más allá del giro que dio Trump, cabe recordar que, en 2014, Xi Jinping y Barack Obama firmaron por adelantado el Acuerdo de París por el cambio climático. Es uno de los temas de máxima prioridad para Xi y la “agenda verde” será un tema muy presente en la próxima campaña presidencial de EE.UU.

- Lucha contra el terrorismo. Ambas potencias sufren este flagelo y actualmente hay importante cooperación entre ambos gobiernos, sobre todo en la región de Asia Central.

- Lucha contra la pobreza. China sacó a 800 millones de personas de la pobreza en los últimos 40 años, un hecho inédito en la historia. China tiene mucho para enseñar en esa materia y debiera ser natural la cooperación con EE.UU. para combatir la pobreza en regiones como África y América Latina.

- Lucha contra la proliferación nuclear. China es un actor central en el marco del conflicto de Corea del Norte, abogando, al igual que los EE.UU., por la desnuclearización de la península. Es esperable que esta cooperación se mantenga y profundice.

Ahora bien, los caminos de la cooperación o la confrontación dependerán, ante todo, del rumbo que le impriman a esta relación los líderes de turno. Con Trump se ha roto el equilibrio y el vínculo está ahora más bien orientado hacia la confrontación que a la cooperación. Por eso, de cara al futuro, es poco lo que se puede anticipar. Dicho de otro modo, el futuro de las relaciones dependerá, en gran parte, de si Trump es una anomalía de la política estadounidense, o bien, una tendencia. Las elecciones de 2020 nos darán algo de claridad.

* Master en Estudios Chinos y profesor visitante en la Universidad de Zhejiang. Docente del Programa Ejecutivo de China Contemporánea de la UCA. Director del Observatorio Sino-Argentino. Miembro del Comité de Asuntos Asiáticos del CARI.

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