Economía

Crónica de una crisis anunciada

En menos de 4 años, Macri logró lo que, al comienzo de su gestión, a muchos les hubiera parecido imposible: el default más rápido de la historia.

Cuando Mauricio Macri asumió Argentina tenía una economía saludable con algunos desafíos (importantes) que resolver si deseaba consolidar un sendero que la depositase en un destino de desarrollo sustentable. Esos desafíos estaban signados, esencialmente, por la restricción externa o escasez relativa de divisas.

El país había atravesado (2003-2011) una etapa de crecimiento acelerado y otra de amesetamiento de ese crecimiento (2011-2015), signada por la crisis internacional y la ralentización del comercio internacional y también por dificultades propias, entre ellas el debilitamiento paulatino del superávit comercial. La menor disponibilidad de divisas, combinada con un proceso de elevada fuga de capitales y varios episodios de corridas cambiarias, tuvieron como respuesta una política de control de cambios que, a los efectos de la fuga de divisas, resultó indiscutiblemente efectiva.

Sobre todo, teniendo en cuenta que el país sostenía una política de fuerte desendeudamiento, luego de haber logrado (en 2005 y 2010) una exitosa reestructuración de su deuda que había sido defaulteada en 2001, luego de décadas de insostenible endeudamiento y las ruinosas operaciones del blindaje y el megacanje durante el gobierno de De La Rúa, que antecedieron al derrumbe de la ya agotada convertibilidad, el corralito y el corralón de Cavallo y el escandaloso proceso de fuga y vaciamiento llevado adelante por grandes actores financieros, inmediatamente antes de que todo estallara, como consta detalladamente en las causas judiciales impulsadas en aquel momento que terminaron, entre otros, con los procesamientos de Domingo Cavallo y Federico Sturzenegger, así como en la investigación que llevó adelante el Congreso Nacional.

En ese marco, una de las grandes virtudes de las gestiones que antecedieron al gobierno de Macri fue el haber salido del default y legado una economía fuertemente desendeudada, luego de décadas donde la deuda había sido el epicentro de recurrentes crisis externas, como la que hoy nos toca volver a vivir.

En menos de 4 años, Macri logró lo que, al comienzo de su gestión, a muchos les hubiera parecido imposible: el default más rápido de la historia. El derrotero seguido por su política económica, sin embargo, hacía lamentablemente previsible el desenlace, como advertimos durante toda la gestión de Cambiemos, muchas veces predicando en el desierto.

Ni bien asumió Macri impulsó una violenta desregulación tanto del mercado cambiario como sobre la entrada y salida de capitales, al tiempo que dispensó a los exportadores de liquidar las divisas en el mercado local y dejó al Estado huérfano de política comercial habilitando la apertura unilateral de las importaciones, mientras las exportaciones permanecieron prácticamente estancadas a lo largo su gestión.

El resultado de estas políticas fue un brutal déficit externo, no sólo comercial, sino fundamentalmente financiero, motorizado en primer orden por una abultadísima formación de activos externos (FAE, popularmente conocida como fuga de capitales) que, en términos netos, acumula, entre que Macri asumió y julio de este año, unos u$s 75.000 millones y, sumada a los intereses de la deuda que crecieron exponencialmente en los últimos 4 años, equipara a la también fenomenal deuda contraída durante su gestión, que ya superó el umbral del 100% del PBI.

En la cuenta del déficit externo por el lado financiero también hay que computar, aunque en menor medida, las remesas de utilidades y dividendos de las empresas multinacionales que operan en el país y, desde el año pasado, la salida de capitales especulativos que habían llegado a la economía atraídos por las tasas estratosféricas (actualmente por encima del 78%) con las que Cambiemos promovió la especulación como única actividad rentable en los últimos años.

En lo que va de 2019, la FAE bruta acumula u$s 48.347 millones, casi equivalentes al total de los desembolsos acordados entre la administración Macri y el FMI, desde el comienzo del programa hasta fines de este año. La FAE neta, por su parte, es de u$s 13.832 millones, mientras que la salida neta de capitales especulativos suma otros u$s 3.551 millones.

Sólo las salidas netas por estos dos conceptos, suman u$s 17.383 millones, superando las reservas netas disponibles del Banco Central, estimadas en alrededor de u$s 13.000 millones. Esto significa que, de mantenerse esta dinámica en la segunda mitad del año, esa dolarización no podría cubrirse aún vendiendo la totalidad de las reservas disponibles, y sin considerar otros conceptos. Esto fue advertido en un informe divulgado hace pocos días por el BNP Paribas donde dijo a sus clientes que esperaban para los próximos meses “una dolarización de u$s 16.000 millones”.

En julio (último dato disponible) la formación de activos neta del sector privado alcanzó los u$s 2.951 millones, mientras que la formación de activos bruta fue del 162% de las exportaciones del mismo mes, la remisión de utilidades neta de las multinacionales llegó a u$s 92 millones y la salida de capitales especulativos de cartera fue de u$s 850 millones.

Estas salidas fueron parcialmente compensadas por un superávit comercial, obtenido en los últimos meses a fuerza de la profunda recesión autoinflingida por la política de ajuste fiscal y monetario del gobierno junto con el FMI, mientras que el gobierno debía afrontar además pagos de intereses. De esta forma, mientras la cuenta corriente mostró un excedente de u$s 2.624, el resto fue aportado por reservas del Banco Central.

Entre el 1 y el 29 de agosto, el Banco Central perdió U$S 12.030 millones de reservas, entre pagos de deuda, venta de dólares y retiro de depósitos. Los depósitos en dólares, al 23 de agosto (último dato disponible) se habían reducido un 9,8% respecto al viernes 9 del mismo mes, cayendo en U$S 3.174 millones.

Lo que ilustran estos datos, al fin de cuentas, son las causales endógenas de la crisis que atraviesa la economía argentina, con un persistente e insostenible déficit de dólares, que queda al desnudo luego de que Argentina perdiera el acceso a los mercados voluntarios de deuda a comienzos de 2018 tras la percepción de insustentabilidad por parte de los acreedores y, ahora, el agotamiento de los desembolsos del FMI que operaron como respirador artificial para enmascarar un default latente, mientras el gobierno no tomó una sola medida tendiente a corregir los enormes desequilibrios externos que su política imprimió en la economía nacional.

Por último, la decisión del gobierno de defaultear con un canje forzozo los títulos de corto plazo en manos de bancos, fondos y empresas, incumpliendo con los pagos pautados en su fecha de vencimiento, plantea un riesgo real de interrupción de la cadena de pagos para todas aquellas empresas que contaban con esos recursos para cubrir gastos vinculados a sus operaciones regulares.

Igualmente, traslada a la próxima gestión pagos que hubieran correspondido efectuarse en este año, por $ 7.960 millones (LECAP), $ 1.700 ajustables por inflación (LECER), U$S 5.700 millones (LETES) y u$s 2.612 millones (LELINK, en pesos atados al dólar). En cuanto al “reperfilamiento” de los títulos de largo plazo, hay que advertir, por un lado, sobre la experiencia reciente del mecaganje operado durante del gobierno de la Alianza que no sólo implicó una enorme estafa financiera, sino que empeoró la situación de la deuda soberana por las elevadísimas tasas que debieron convalidarse (hoy, los bonos de largo plazo presentan rendimientos que llegan al 27% en dólares) y terminó en el por todos conocido -y sufrido- default de 2001.

El gobierno tenía opciones. Resulta asombroso que se haya elegido, incluso, defaultear títulos nominados en moneda nacional, un evento que quedará para los anales de historia económica. Es indudable que la irresponsabilidad con la que se avanzó en el vertiginoso endeudamiento externo de la era Cambiemos y el insostenible programa firmado con el FMI, exigen un manejo inteligente del problema de la deuda que Macri creó.

Pero también es indudable que ello no puede hacerse de cualquier manera, ni a cualquier costo. Y, sobre todo, que debe ser diseñado e instrumentado con conocimiento y responsabilidad. Y, más aún, que el problema de la deuda está de la mano con el desequilibrio externo que es, a todas luces, el problema estructural y de fondo, que inexorablemente hay que abocarse a resolver y que este gobierno eligió dejar intacto aun a costas de un nuevo y evitable default.

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