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20 de octubre 2008 - 00:00

Simeone, como Bush, necesita un salvataje de urgencia

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El gesto de Diego Simeone es elocuente. River perdió el clásico de local con Boca con un hombre de más y navega en los últimos puestos de la tabla de posiciones del Apertura 2008.
No está escrito en ninguna pared del Monumental ni de La Bombonera, pero flota en el aire de los dos clubes, es tácito, forma parte de la génesis de River y Boca: los clásicos hay que ganarlos. Pasan las generaciones, pasan los jugadores, los técnicos, los dirigentes y eso permanece inalterable, y el no ganarlos es un ticket que en muchos casos eyecta a los técnicos del banco de suplentes como seres descartables. Le pasó a Brindisi en una edición en que quedó debajo 2 a 0 Boca en el marcador y también le ocurrió a Ramón Díaz con un 0-4 abajo en un partido de Copa de Oro de Mar del Plata y a días nomás de comenzar a jugarse el torneo local, y sin importar que es uno de los hombres de mayor cantidad de títulos logrados en la institución.

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La historia marca que es más profunda la herida de perder un clásico que la de no obtener un título, es más, Miguel Russo, con una Copa Libertadores en el bolsillo se alejó de Boca con la deuda de no haber ganado un solo Boca-River del año 2007. Como dijo un entrenador alguna vez, hay resultados «sacatécnicos», ésa es la moraleja que deja muchas veces un marcador adverso en el superclásico.

Hace un poco más de cuatro meses, Diego Simeone conseguía su primer y único campeonatodirigiendo a River. Detrás dejaba el mazazo que le propinó San Lorenzo en la Libertadores con dos hombres menos en el mismísimo Monumental. La imagen del ex capitán de la Selección argentina dando la vuelta olímpica con dos de sus hijos se transformó en una verdadera postal de esa tarde-noche. También el instante en que se llevaba las dos manos a los genitales en claro gesto de que si algo le sobraba era coraje, para decirlo académicamente.Ese River superó adversidades de todos los colores: conflictos internos de «Los borrachos del tablón», denuncias de sus directivos más encumbrados, la salud de Ariel Ortega, los cambios permanentes de nombres en el equipo y demás; sin embargo el superar algunas de esas circunstancias le alcanzó para ganar un torneo y renovarle el crédito a Simeone, que ya cargaba con un clásico perdido y aquella noche fatídica frente al San Lorenzo de Ramón. Muchos hinchas, quizás los más pensantes, festejaron el título, pero mantuvieron la esperanza de que con la consagración llegase la mejor versión de River modelo Simeone, probablemente el principal objetivo para la segunda mitad de 2008. Lejos de poder acercarse a un nivel técnico destacado, el plantel tampoco consigue resultados y logró que sea el peor comienzo de la historia en un campeonato: de los treinta puntos que disputó sólo sacó 8, es decir casi 27% de (in) efectividad. Con un nuevo sinsabor de clásico en la boca, River quedó a 17 puntos del San Lorenzo puntero y mira el futuro desde el sótano de la tabla.

Con este panorama la Copa Sudamericana es el gran objetivo del semestre, donde podría cruzarse con Boca en semifinales, a esta altura, un trámite como mínimo incómodo.

De candidato deseado, sólo recordar la novela de su salida de Estudiantes, a hombre expuesto a la crítica despiadada del hincha propio, las acciones están en baja y da la sensación de que no hay plan de salvataje que a esta altura lo rescate.

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