11 de julio 2001 - 00:00

Avatares del Hilton

• Según la gente de Educ.ar, la mayoría de las 650 personas que fueron a escuchar a Bill Clinton ayer en el Hilton pagaron su entrada, que partía en los u$s 1.000. Curiosamente, una veintena de ellos llegó al hotel de Puerto Madero sobre la hora de la conferencia, y adquirió allí su ingreso. En el otro extremo del interés, unas 200 credenciales con los nombres de los invitados quedaron abandonadas sobre la mesa de recepción, sin que nadie las utilizara. Entre quienes no cantaron el presente estaban el humorista Jorge Guinzburg y varios empresarios y directivos de empresas.

• Después de la conferencia y del almuerzo en Olivos con Fernando de la Rúa, Bill Clinton se «escapó» del protocolo y fue a San Telmo a tomarse un café. El ex presidente y media docena de acompañantes se sentaron en uno de los bares frente a la Plaza Dorrego -que se llama justamente «Plaza Dorrego»-, pidieron expresos y conversaron durante cerca de media hora.

Entre sus escoltas se contaban Fernando de la Rúa hijo («Aíto») y Martín Varsavsky. El resto, se supone, eran custodios del Servicio Secreto. Antes de irse, le acercaron el libro de visitantes ilustres del bar de Humberto Primo y Defensa, lo firmó y agregó un «Thank You».

• Llamó la atención que el presidente Fernando de la Rúa ocupara un lugar (privilegiado, es cierto) entre el público que asistió a la conferencia de Clinton. Si bien no se anunció su presencia con antelación, fuentes de la Cancillería confirmaron que ya desde la noche anterior se había decidido que concurriera a escuchar al ex presidente. Pero algo falló: en lugar de ubicarse en el escenario junto a su hijo «Aíto» y a Martín Varsavsky, De la Rúa eligió quedarse en la primera fila de la platea. En general, la audiencia se quedó esperando alguna intervención del Presidente, quien sin embargo -y a diferencia de lo que seguramente habría hecho su antecesor- decidió no subir al estrado y no hablarle a la audiencia. Tampoco habló a la salida del cóctel final: rodeado de custodios atravesó el lobby del Hilton a paso veloz, serio, mirando al frente e ignorando a la avalancha de cronistas radiales y televisivos (cómicos incluidos) que se le abalanzaron tratando de que hablara de las versiones sobre la economía que a esa hora atravesaba el país.

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