Si Estados Unidos decidiera implementar un programa de ayuda económica similar al plan Marshall de 1948, pero para la América latina actual, debería presupuestar unos 85.000 millones de dólares. Si la idea fuera reeditar la Alianza para el Progreso de 1962, el dinero involucrado ascendería a unos 54.000 millones de dólares.
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Los números surgen de extrapolar los 12.000 millones de dólares originales que el Congreso de Estados Unidos le aprobó a fines de 1947 al entonces presidente de EE.UU., Harry Truman, para el plan Marshall, dinero que finalmente se gastó hasta 1951. Para el '52, el proyecto ya estaba desmantelado. Muchos años después, fue John F. Kennedy el que pensó otro plan de ayuda, esta vez para América latina: la Alianza para el Progreso, con un presupuesto de 10.000 millones de dólares.
Si se piensa que la deuda argentina actual llega a 180.000 millones de dólares y que Brasil debe unos 250.000 millones, obviamente no le alcanzarán los fondos actualizados del Marshall ni los de la Alianza para el Progreso.
En realidad, el llamado de Néstor Kirchner a Estados Unidos y a los demás países desarrollados para poner en práctica una versión aggiornada del plan Marshall para América latina sólo podría tener seriamente un punto de contacto con esa experiencia que en 2004 cumplirá 56 años de su lanzamiento. En el fondo, tanto el espíritu del presidente argentino como el de los dirigentes que impulsaron aquel proyecto (en su mayoría militares) era el de elevar el papel de restaurador del Estado y del gasto público como única alternativa posible para salir de la crisis. En el caso de la experiencia europea de la posguerra, la conclusión contemporánea indica que en realidad no fue el plan Marshall el que logró que Europa saliera de la crisis económica y se alejara del peligro comunista. Para la mayoría de los autores que volvieron a analizar la Europa occidental de las décadas del '40 y del '50, el Marshall sólo sirvió como punto de arranque para retomar la confianza en las fuerzas económicas capitalistas como vía de inicio de la recuperación, pero no como factor de desarrollo. Tanto autores ortodoxos como social-demócratas les otorgan hoy más importancia a la adopción definitiva de valores democráticos, la independencia de los poderes, el respeto definitivo de la propiedad privada y de las inversiones extranjeras, la apertura de los mercados y, fundamentalmente, el comienzo del proyecto de integración política y económica de Europa (que derivó luego en la Comunidad Económica Europea [CEE] y posteriormente en la Unión Europea) como los verdaderos cimientos de la recuperación económica definitiva de ese continente.
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