Aunque se muestren más amigables que nunca, Eduardo Duhalde y Roberto Lavagna están separados desde hace 48 horas por una grieta. Nada que no pueda repararse, por ahora. Dos movimientos produjeron la fisura. Uno, la gestión que el Presidente realizó ante Horst Köhler el lunes. Duhalde pidió que lo comunicaran con el titular del Fondo Monetario Internacional sin consultar a su ministro, sin hacerlo participar de la conversación y una vez que Lavagna se había retirado de su despacho, concluido el informe meticuloso que debió rendir sobre su viaje a Washington. Más allá de esas formalidades, también el contenido del diálogo sirvió para marcar un escalón, que es siempre una distancia: «Sepa que si hace falta una intervención política, yo estoy abierto a conversar cuantas veces sea necesario», le hizo saber Duhalde a Köhler, retomando para sí la conducción del proceso negociador. Un cambio de mando.
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El otro episodio que separó al Presidente de su ministro fue la larga visita que realizó Aldo Pignanelli a la Casa Rosada. En esa reunión el presidente del Banco Central le acercó a Duhalde su visión de las tratativas con el Fondo y, sobre todo, con el Tesoro de los Estados Unidos. Desde hace tres meses, Pignanelli convive en su oficina con seis expertos enviados por el subsecretario del Tesoro -el profesor Taylor, como él lo llama-, que no sólo lo aconsejan sobre política monetaria sino que lo mantienen políticamente vinculado al centro de decisión económica de Washington. Gracias a la asiduidad de estos contactos, Pignanelli se sintió en condiciones de aconsejar a Duhalde respecto de varios movimientos de Lavagna. Uno, la inconveniencia de adelantar tan agresivamente que «no vamos a pagar nuestros compromisos con reservas». En el Central, como en otras oficinas del gobierno que colaboran en que Duhalde se forme una imagen autónoma de la economía, consideran que asumir esa postura de manera tan tajante frente a la opinión pública puede empeorar la negociación: «No está tan claro que para el Fondo el default argentino sea algo apocalíptico, sobre todo porque el castigo será para el BID y el Banco Mundial, hacia los que tampoco tienen allí tanta simpatía». Duhalde debió atenuar con su ingreso en escena lo que para todo el gobierno fue otro error de Lavagna (y de su mano derecha, Guillermo Nielsen): contestar la carta de intención del Fondo de manera destemplada, con un rosario de negativas.
Para el discurso oficial que se elabora todas las tardes en la Casa de Gobierno, expresado por casi todos los funcionarios ayer, la relación entre el Presidente y su ministro es casi simbiótica. «La dureza con los funcionarios del Fondo se debe a que los burócratas no quieren ceder posiciones técnicas frente a la presión política del gobierno norteamericano», repetía el oficialismo. Sin embargo esa división del «adversario» fue desmentida de manera rotunda: el gobierno norteamericano instó a la Argentina a no romper las negociaciones e, indirectamente, a pagar. Una demostración de que la hipótesis principal de negociación del gobierno carece de sustento: Köhler y Anne Krueger están en control total de la negociación desde su lado. Algo ante lo que el mismo Duhalde se inclinó con su llamado telefónico.
¿Sucederá lo mismo en la Argentina con el paso de los días? Porque la grieta apenas insinuada entre Duhalde y Lavagna puede agigantarse si el desenlace del proceso es el default.
¿Quién será el padre de la criatura? ¿Asumirá Duhalde el fracaso de su subordinado en una negociación de un año que se convirtió casi en el único objetivo de la gestión transitoria de este gobierno? Como Adolfo Rodríguez Saá, el Presidente corre el riesgo de tener «su» propia cesación de pagos. ¿O convertirá a Lavagna en otro Remes Lenicov? Al actual embajador en Bruselas hoy le endosan los errores de los primeros tres meses de gestión económica, como si él hubiera sido el único inspirador de la devaluación anárquica, la pesificación asimétrica, la Ley de Quiebras, el conflicto con la Corte y otras violaciones al sentido común.
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