"Casus belli" cristinista: ¿contra Petrobras o contra Lula?
Cristina de Kirchner, aliviada porque ya el cónclave llegaba a su fin, abandonó la mesa de negociación y caminó unos pocos pasos hasta la puerta que comunica esa salita con el despacho contiguo. La abrió y lo llamó. Aprovechó para levantar un poco la voz -algo que no pudo, pero que sí hubiera querido hacer durante las casi dos horas que duró esa pesadilla de reunión-: «¡Néstor, vení a despedirlo a Lula, que ya se va!». El ex presidente Kirchner apareció enseguida en el rellano de la puerta.
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Evo Morales, Cristina de Kirchner y Lula da Silva riendo en Olivos; apenas la vidriera de una fuerte discusión en la que el presidente del Brasil plantó posición sobre los privilegios de su país en el reparto del gas de la región.
De allí en adelante, el brasileño pasó, de frente, al reproche: «Además prosiguió, ustedes los argentinos cerraron un precio altísimo por el gas de Bolivia». Silencio sepulcral. (Evo Morales, para esa altura, ya se había convertido en una estatua de sal.) En cuanto al precio, el año pasado, una delegación encabezada por el ministro Julio De Vido recontrató entre ENARSA y YPFB -Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos- llevar el suministro diario de gas a 7,7 M m3 desde 2008 y a 27,7 M m3 a partir de 2011, pero a una tarifa 50% superior que la acordada por los brasileños.
La andanada de Lula no terminó allí. «Con las crisis, hay que saber administrar mejor el gas», sentenció. Se refirió a que es preferible negociar con los taxistas y automovilistas -como hizo ya alguna vez con los de Rio de Janeiro y San Pablo- para que se pasen del GNC a nafta, antes que cortarle el suministro a la industria. «Nunca hay que parar las fábricas.»
Lapidario, fue éste el mensaje final de Lula. Le estaba retrucando a la presidente argentina las amenazas -abiertas algunas, veladas otras- que sufrieron empresas de capital brasileño en los últimos días.
Emisarios del gobierno les anticiparon a las grandes empresas del país compradas recientemente por inversores brasileños que, en caso de una crisis de energía, éstas serían las primeras en sufrir los recortes de gas y electricidad, dado que Brasil no tenía generosidad con la Argentina. Hasta ahora, solamente había trascendido la amenaza a Petrobras «vamos a revisarle los emprendimientos petroquímicos locales, porque son grandes consumidores de gas», advertencia que el mercado inscribió dentro de la puja por los activos de Esso que la petrolera de Lula mantiene con ENARSA y algunos empresarios locales cercanos al matrimonio Kirchner. Petrobras, como se sabe, participa con 27% en Edesur, y sólo su central térmica de Campana consume 2,5 millones de m3 de gas diarios.
La cumbre trilateral del sábado 23 terminó, como sucede en estos casos de negociaciones presidenciales, con algunos premios consuelo para salvar la cara (no la del presidente de Bolivia, que se retiró sin poder disimular su semblante ofuscado). Se anunció la cooperación brasileña con 200 megawatts por hora si en el futuro les sobraba energía, y Cristina en persona redactó el comunicado de prensa sobre el proyecto conjunto entre Brasil y la Argentina para la construcción de un submarino nuclear. Lo del submarino atómico fue un «conejo de la galera» que surgió en el tramo final de la reunión. De allí que a las pocas horas, el ministro de Defensa, Nelson Jobim, tuviera que corregir públicamente varios de los datos, ya que se había soslayado un acuerdo previo entre Lula y su par francés, Nicolas Sarkozy, celebrado días antes en Guyana francesa.
Esa corrección pública, más la rémora de reproches de Lula durante la reunión, habría llevado a que la presidente argentina apuntara sus dardos contra el titular de Petrobras, Sergio Gabrielli, elegido como chivo expiatorio. Gabrielli, un personaje de modales abruptos y en estado permanente de mal humor, había repetido hasta el cansancio que no sobraba «una molécula de gas» para repartir. A mediados de la semana pasada, la presidente Kirchner manifestó que «el gobierno argentino está profundamente irritado» con las declaraciones y la falta de solidaridad de Gabrielli. Un tiro por elevación para el presidente de Brasil. La irritación de la señora de Kirchner, personal, está ahora centrada en su vecino Lula. Además de Petrobras, que es, finalmente, una empresa. Y un negocio.




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