16 de agosto 2002 - 00:00

Cupones bursáles

Además de los juramentos de rigor, por un par de cosas que después nadie respeta en el cargo, convendría agregar -en el puesto del ministro de Economía- un esclarecedor interrogante, como : «¿A qué escuela adhiere usted, señor nuevo ministro fulano de tal...?.» A renglón seguido, el flamante designado responderá sin titubeos, sin evasivas, sin ambigüedades a qué libro de postulados económicos es adicto. Una vez contestado esto, se difundirá a la población el resumen sobre lo esencial de la teoría económica a la que responde el nuevo ministro y a la que habrá que atenerse y obrar en consecuencia. Así, por cualquier asunto entreverado de mal modo, se aplicará un nuevo artículo: «que el ciudadano os lo demande...».

Porque, de lo contrario, pasa lo de ahora, una salsa de postulados entremezclados y acusaciones cruzadas sobre: fue el nuevo ministro. No, el que fue es el que ahora dice que fui yo. Pero, cuando estuvo, en vez de hacer tal cosa, hizo tal otra... y así. El actual tiene un bonito jardín en su teoría aprendida, la realidad que enfrenta, los deberes que le exigen y debe prometer a los del FMI, y la figura de estar del lado de la población. Entonces, juega al «socialismo» anunciando que liberará de pagar aumentos de tarifas a los que «menos tienen» (que será subjetivo, acorde a lo que las empresas deseen como línea de corte). Y, al unísono, surge como un «dirigista» absoluto: porque se arrogará la facultad de decirle a la gente que tiene ahorros capturados, qué bienes deberá comprar con ese dinero. ¿Por qué automóviles, señor Lavagna? ¿Por qué maquinarias agrícolas? ¿En qué escuela se inscribe que les tenga que dictar que serán esos bienes, y sólo esos, o la alternativa de quedar bloqueados con su dinero? (Qué modo tan miserable, de querer jugar de generosos...)

Y así mejorarán las estadísticas, las falsearán peor que cuando se mete mano para digitar la inflación, porque la estimación de subir de 5.000 automóviles a 16.000 -durante ese lapso y por imperio de un callejón de mano única- resulta tan inocuo como cuando se estiró por dos veces -mediante artilugios- la realidad del sector. Con el inaudito sistema de «canje» cambiando chatarra por autos nuevos.Y en la ocasión anterior, cuando se permitió utilizar el dinero atrapado, en automóviles. ¿Qué raro magnetismo poseen unos sectores sobre otros? Se dirá: el poder de multiplicación. Pero, en tal caso, la construcción es la madre.Y lo automotor es tan limitado, que nadie habrá de expandir nada: porque sabe que los 16.000 autos, serán otra vez 5.000 pasado el período de libertad condicional. El Estado no, sus funcionarios confusos, continúan en el péndulo de ir de una punta a la otra, deseando favorecer de prepo, eligiendo los beneficiarios, sin más explicaciones que estar en el cargo (aunque aclarando que «somos un gobierno de transición») y a uno le da que pensar, que serán de transición...
¿hacia qué?. Como aquel que insiste en que «transformamos el país».

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