¿Cómo es que un personaje, Soros, del mundo actual está sistemáticamente metido en todos los lugares donde algo termina por arder? Puede ser simple coincidencia, puede ser también que del racimo de capitales que se mueven de un sitio a otro, resulte solamente la figura que está más en la vidriera.
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En tal caso, no es que los medios de información lo coloquen allí, como una costumbre: sin que nadie lo busque, él mismo se sitúa en el centro de los escenarios. Con el desplome del rublo, las sugerencias directas realizadas al gobierno ruso, la difusión sobre supuestas cantidades invertidas que lo convierten como el mayor inversor occidental en tal zona: Soros suma centímetros de diarios y revistas, en una suerte de marketing que cada vez realza su nombre en mayor proporción.
Se hizo famoso atacando monedas, está en los lugares donde «algo irá a suceder», aconseja en supuesto bien del interesado: aunque cabe suponer que debe anteponer intereses de dinero que representa, en tal tipo de incursiones.
Si hubiera vivido en la época de la batalla de Waterloo, no sería difícil imaginarlo corriendo una carrera en Rothschild: a ver quién llegaba primero a Londres, para hacer la diferencia. Acaso Víctor Hugo también le hubiera dedicado unos versos, pero ésta es la versión moderna traída por las globalizaciones, de símiles de la antigüedad que actuaban de otro modo, bajo otro perfil, aunque siempre existieron y habrán de existir.
El afán por la notoriedad es lo que diferencia a Soros del resto, aunque entre ellos haya más fuertes que él, que le ha costado algún que otro disgusto (como la famosa quema de muñecos con su imagen, en Asia) quizá compensado con los réditos que la fama le genera.
Uno puede llegar a temblar sólo de imaginar a un magnate internacional -con peso de inversión- llegando alguna vez a pedirle una devaluación a nuestro país. Pero, dentro del circuito, es probable que todo tenga su turno. Y así como hubo un México y un tequila, después un incendio asiático, el desastre japonés y la bomba rusa: ¿qué vendrá en el siguiente capítulo, de esta historia de terror para los pueblos involucrados? Y lo peor que demuestra todo esto es que nadie está a salvo del ataque de los «tiburones»: que desplazan capitales y un buen día... allí están.
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