Bernard Baruch fue un buen ejemplo de inversor exitoso de los mercados. Hizo fortuna con la Bolsa, supo retirarse, alcanzó nivel de asesor de presidentes de los Estados Unidos. Y era un tipo inteligente, como observador. Le debemos una contratapa, merece estar en la galería de los grandes personajes de la historia del mundo, pero hoy solamente nos detendremos en alguna esencia de lo que él llegó a concluir sobre los mercados y dando en buen clavo, utilizando pocas palabras.
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«Lo que se registra, en realidad, en el mercado de valores no son los acontecimientos en sí mismos sino las reacciones humanas a esos acontecimientos.» Y después, agregó...
«Sobre todo, y empleando otras palabras, el mercado de valores es personas. Es personas intentando leer el futuro. Y es precisamente esta cualidad humana tan intensa lo que hace del mercado de valores un escenario tan dramático. En el cual, hombres y mujeres oponen sus juicios conflictivos, sus esperanzas y temores, fuerzas y flaquezas, ansias e ideales...»
Qué bello e inteligente modo de observar y definir, de advertir esa sangre que fluye entre los precios anotados en un panel. Y esa mane-ra de pasarlo a palabras, con tal precisión que se convierten en precisiones atemporales.
En la época del ticker enviando cotizaciones, o de las computadoras programas, siempre la vivencia humana dando la razón a todo. Y si se piensa que una computadora actuará sola, ante un límite de precio programado, pues tal límite le ha sido encomendado por alguien que está temeroso o eufórico. Que eligió un nivel y no otro para salirse o entrar al mercado. Esto es lo que puede notarse en las crónicas actuales sobre los mercados: la despersonalización de los mismos, como si todo estuviera concertado sin la presencia del hombre. Y las alzas y las bajas continúan respondiendo a lo mismo: al temor al nivel del Dow, a lo de Clinton, a la privatización brasileña, a todo aquello que promueve juicio y emoción. Y detrás de esto, la actitud y la reacción a los acontecimientos. El punto donde, efectivamente, no importa si es grave o leve, favorable o negativo sino cómo lo recibe y no asimila el común de las personas.
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