14 de febrero 2001 - 00:00

Cupones Bursátiles

Leemos una entrevista que le realizó la revista «Empresas & Mercados» al titular de la Comisión Nacional de Valores, Carlos Weitz, buscando ahondar un tanto en cómo ve nuestra realidad. De paso, para que el lector también tenga un perfil somero de quien ha mantenido -buen punto a favor- el perfil bajo que corresponde a tal área.

Acerca de la súbita designación en su momento, también el funcionario se vio sorprendido y llegó a ocupar el cargo desde los Estados Unidos, cuando estaba como Representante Financiero Alterno (fascinante denominación, producto de la dialéctica moderna y que cuesta entender a qué se refiere con precisión). El hecho es que poseía contacto con los mercados, pero recostado especialmente en la sección de renta fija y no en los de renta variable. Según inferimos, la experiencia en lo que hace a mercado accionario resulta casi nula, mucho menos -entonces- está al tanto de picardía, recovecos, artilugios y pillerías que se traman, y sobre los cuales la CNV tiene su mayor responsabilidad de actuación. Justamente, lo que se advierte en el recorrido del cuestionario propuesto por la revista y sus respuestas es que imagina una función del organismo como de impulsor y gestor de reformas, relanzamiento, o como se llame, del «mercado de capitales» local. Y disentimos en esto, porque el espíritu de la CNV involucra ejercer una suerte de poder de Policía y velar por la seguridad del inversor (dos puntos que parecen simples, pero son fundamentales), y no la tarea de obras superiores, mucho menos tan amplia como es lo que se expone en la nota.

La imposición de tales tareas amanece con la década de los '90, donde la CNV logra un protagonismo fuera de su cauce natural, que no le correspondía: mucho menos porque, a cambio, cada vez más se alejó de sus tareas primordiales. El reportaje es interesante, sobrio, medido en sus conceptos el titular de la CNV, aunque en algunos puntos utiliza el recurso del «pasa en la mayoría de los países» (cuando se refiere al terrible nivel de deserción de empresas en el listado), como si fuéramos una víctima más de epidemia moderna: pero, la verdad es que hace no menos de tres décadas, que tal enfermedad se instaló en Buenos Aires. Preferimos alguien que intente tejer algún programa de reversión, antes que la simple resignación del mal común. En definitiva, se nos ocurre que Carlos Weitz merece tener el tiempo para adecuarse bien al cargo, conocer todos los recovecos, pero nos gustaría una vuelta a las fuentes del organismo: aunque ésta resulte menos ostensible, y más gris, que el arreglar todo el sistema.

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