2 de diciembre 2001 - 00:00

Cupones bursátiles

«El destino argentino, no parece ser el destino que nos habían prometido en el colegio. Sino un destino de tercera, o de cuarta...» Y nos quedamos con una de esas definiciones precisas, de un maestro que aparece en la noche porteña, bajo el nombre de Alejandro Dolina. Nos acompaña mientras realizamos tareas como éstas, las que encaramos cuando la paz alcanza lo más profundo y al superar la media noche. La disquisición que terminó acerca del destino argentino, comenzaba siendo sobre el amor. Y allí, Dolina prodigaba su certero punto de vista sobre que -muchas veces- se juega en el amor con quienes son de la tercera, o de la cuarta. «Porque el amor titular se fue a jugar al Real Madrid...», reflexiona con picardía, la gente ríe, pero las raíces de ese pensamiento llegan bien a lo hondo. Y ese modo de distinguir entre los que llama como «destinos titulares y destinos suplentes» (si no se puede jugar el primero, habrá que hacerlo con el otro, lo mejor posible) es de aplicación a cualquier temática. ¿Por qué no, a la Bolsa? El porqué sí, se desprende fácil (porque nuestra columna se dedica a esto, Dolina...) Y bien se puede advertir un enorme «destino titular» de nuestro mercado bursátil, cuando a inicios del siglo pasado se iba hacia arriba en una fuerza tan arrolladora, como la que hacía que la Argentina estuviera a la par de los grandes del continente cuando los europeos analizaban dónde llevar capitales. Y en determinado momento nos dimos un estúpido lujo -como tantos otros- de rechazar llegada de oro a nuestro medio, que se desvió, entonces, a los Estados Unidos. No quisimos jugar ese «destino titular», que nos indicaba como de los favoritos de América para ser país rector.

Eran tiempos donde todo recinto de Bolsa porteña quedaba muy chico al poco tiempo, se sucedían los cambios de edificio y se arribaba en 1916 al cuarto -y actual de la Bolsa de Comercio-con un total de socios seguramente superior al actual (contando a los que pagan). Ya por ese entonces, con no más de 400.000 habitantes en la ciudad, los socios de nuestra Bolsa pasaban los 4.000. Un fenómeno que era una locomotora y la surgencia de las primeras acciones, para compartir cartelera con las onzas de oro y los papeles públicos. En pocos días más, oh casualidad, se cumplirá otro aniversario -el 147- de la real puesta en marcha de la actividad de Bolsa en nuestro país. Que fue en diciembre, aunque la fundación haya sido en julio. Aquellos pioneros fundadores no podrían creer lo que verían hoy. Un recinto plagado de especies foráneas, cada vez más arrinconado lo local, y apartando los cables que les asombrarían -de la tecnología-al consultar los libros sacarían pecho, levantarían la nariz de modo sobrador, y dirían algo así... «para llegar a esto, nos rompimos en fundarla hace un siglo y medio. No valió la pena».

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