20 de diciembre 2001 - 00:00

Cupones bursátiles

La Cámara de Inversores, perteneciente a la Bolsa de Comercio como una de las entidades adheridas, muestra una notable indignación en la carta documento que elevara a la Cámara de Diputados, en la persona de su presidente. Especialmente, porque al tratarse la elaboración del ante-proyecto de ley llamado (jocosamente, diríamos) «que protección de los inversores» invitaron a todos los sectores involucrados con lo bursátil, menos... a la Cámara de Inversores, que viene a resultar la voz de los minoritarios. Cierto es que la entidad no ha logrado crecer con el correr de un tiempo que ya lleva 35 años, desde su fundación, acaso por esa costumbre tan nuestra de efectuar quejas y críticas de pasillos, de modo individual y en lugar de integrar un frente con otros iguales. El hecho es que nunca se tiene en cuenta a tal organización de inversores, presidida por el señor Aldo Gasparroni, y están que trinan... En realidad, es una frase, de molde, la anterior. Más que trinar están a los alaridos contra los que se pongan delante, porque además de pasarlos olímpicamente por encima: se han redactado normas que merecen el mote de «payasescas», si es que -como rezaban las intenciones- se trataba de defender al inversor de la minoría.

Están también sumamente enojados con la Comisión de Valores (nosotros le quitamos el «Nacional» del medio, porque hace mucho tiempo que lo ha perdido y se trata de más de una década, trabajando básicamente para el extranjero y sus ventajas en nuestro país). Le objetan querer acaparar más poder, detentando -por ejemplo- para sí una función que era del Poder Ejecutivo y que trataba de la autorización para operar Bolsas que coticen títulos valores (pueden quedarse tranquilos los de la Cámara, porque esa facultad seguramente morirá siendo virgen, en nuevos mercados).

Ocurre que cuando uno se pone muy nervioso y se ofusca, a veces se va de largo en la crítica. Por caso, hace mucho hincapié la
Cámara de Inversores en que se mantiene la estructura original de la permanencia en el cargo por siete años (7) de los miembros de la Comisión de Valores y apuntan que los períodos presidenciales del país se han acortado a sólo cuatro años (y parecen una eternidad, lector) y estos funcionarios no han acortado lo suyo. Pero, debemos recordar que cuando los mandatos del Poder Ejecutivo estaban en los seis años, igualmente en la Comisión se renovaban cada siete. La idea original era crear un organismo autárquico, desligado de lo político en absoluto, y donde los cambios de gobierno no tuvieran incidencia alguna.Algo que se mantuvo, inclusive con gobiernos militares, hasta que uno civil vino a dar la nota y a cortar la racha, deponiendo a un titular de Comisión de Valores. Peor todavía, después lo atrapó bajo su esfera el Ministerio de Economía y perdió lo esencial para su misión: la autarquía. Que es lo principal a reclamar, si se quiere, y no la longevidad de sus miembros.

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