Un Lavagna educado (que, para los tiempos que se viven, pasa a resultar una condición interesante), sin salirse de las casillas, ni eludiendo demasiado las encerronas a que lo sometía el periodista Lanata: servía para marcar los extremos a que se puede arribar en una entrevista, si el televidente la colocaba en cotejo con lo que había dejado una nota con Luis Barrionuevo en ese mismo programa («Detrás de las Noticias», «América»). No es esta columna dedicada al mundo de la TV, o del espectáculo, por lo que tratamos de verlo desde el ángulo del que es ciudadano/inversor de nuestro país y que se sienta a ver un programa periodístico como ése. Si se tuviera que decidir por algo, viendo a Barrionuevo contestar con total ironía, desparpajo, y seguridad del que se sabe a cubierto de todo, la primera reacción resulta la de empacar lo que quede y dar las hurras en la Argentina, para aterrizar en cualquier parte.
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Si, en cambio, se sintoniza un diálogo como el que tuvo al ministro de Economía como protagonista: la sensación es la de no salir debajo del cascote todavía, escudriñar temerosamente el terreno, dejar correr algo de tiempo y ver qué pasa. Por instantes con algo más de esperanza, en otros casos -y ante respuestas muy dubitativas- yendo un par de pasos rumbo a las valijas aquellas. Pero, esa mezcla, ese mix infernal que se nota en la clase que dirige, legisla, toma las decisiones fundamentales de una hora crítica como la actual, genera solamente incertidumbre y desconcierto. Tal como diseñar mecanismos sobre los que después se vuelve atrás, o dar argumentos que son solamente excusas para engañar niños. Lavagna dejó deslizar otra bomba, que es de aquellas que uno sabe que se han soltado desde el avión, que están en vuelo, pero trata de ignorar que sean ciertas: el ministro la puso con mecha encendida y le dio forma con: «No vendrá plata fresca...». Bueno, pero de eso se hablaba. Sí, pero una cuestión es decir, y repetir por ahí, que «estamos fundidos» y otra es oírlo de la boca de un presidente de la Nación. Todavía se veía alguna corriente optimista, que dejaba trasuntar un arreglo con el Fondo, para después captar ayuda de cierto calibre. El ministro descartó esto, fue muy directo y bastante desolador: pero, es lo que hay. Preferible, para todo aquel que quiere proyectar algo para cierto lapso, oír un panorama más o menos crudo, que asimilar mentiras o fantasías (como varias de Duhalde que, después, se tienen que desinflar). Saber que un Lavagna es más educado y señorito que un Barrionuevo, no nos mejora nada. Pero, tal diría el flemático Winston Churchill como cuando era acusado por el Parlamento de tratar demasiado bien a un enviado japonés, al que le dio una nota con términos muy elegantes, «cuando se tiene que matar a alguien, no cuesta nada ser educado...». Tener que sufrir de todo esto y darle cabida a Barrionuevo en los medios, hace de los problemas todo un escarnio... Informate más
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