«La Argentina se convirtió en un país insignificante y, probablemente, lo sea para siempre...» Palabras duras, dolorosas. Que no encontraron respuesta alguna, más que algunos atisbos de malestares. Pero, por caso los legisladores, estaban muy ocupados en otros asuntos. Propios, muy personales, tanto que se trataba de dar explicaciones a un enroque de ingresos efectuado en marzo y que dejaba salir de baja una suma, para retomarla -el mismo día- por otros conductos. Otra burla a la gente. Que tampoco mereció demasiado concepto altisonante, de autoridades principales. La frase aquella, por si algún lector se la perdió oportunamente, fue dicha por quien es considerado un verdadero «palabra santa» de Alemania y de Europa. Hans Tietmeyer tuvo la desdicha de interiorizarse en el «caso argentino», al que ya lo toman como si fuera una de las mejores novelas de suspenso, mezclado con ciencia ficción, aunque con contornos de drama. Una belleza, si fuera argumento para una obra, contiene todos aquellos ingredientes que han convertido en clásicos a historias del tipo «Lo que el viento se llevó». Por aquí, no solamente pasó el viento, pasaron unos cuantos personajes que hoy están todavía atropellando a la opinión pública en la más inaudita de las actitudes. Cuando alguno se hace carne de indagar el caso argentino, tomando la distancia precisa del que no vive aquí, y posee cierto talento y experiencia en ver desastres y enderezar bananas, se destapan con conceptos como el de referencia. Hablar de nuestra actualidad «insignificante» y de un porvenir que continuará repitiendo el mismo libreto: para no dejar de ser insignificantes. Desde ahora, el futuro de Latinoamérica depende sólo de Chile, México y Brasil». Lapidario. Uno de los genios económicos que supimos conseguir, y endiosar, optó prestamente por irse a dar clases a una Universidad de Estados Unidos -de tercera categoría-, aunque siempre deja alguna de sus fórmulas sencillas y tan eficaces, de aquellas que «con tres normas bien tomadas, esto se soluciona enseguida...» Detrás del alemán tan práctico en lo suyo, apareció la dulce Krueger con una advertencia directa: «Si el país no cumple con sus obligaciones, tendrá que afrontar los castigos establecidos para estos casos...». Después de la lápida, una enorme piedra encima, por las dudas... ¿qué sucedió en el ambiente, más allá de los $ 1.200 de los señores legisladores? Nada, en absoluto, pero correspondería explicar a la población -prepararla-qué significan esos conceptos terminales de altos referentes del exterior, respecto de la Argentina. Si no es una declaración de guerra económica, se le parece bastante. El tema es que la guerra la tenemos perdida de antemano. Y puede caber que se tomen decisiones que hagan efectivas las amenazas: en tal caso, lo menos que puede hacer un jefe de Gabinete (que habla todos los días sin sustancia) es dedicar las «clases», para explicitar qué irá a ocurrir a partir de octubre, si no se cumple. ¿A qué juegan?
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