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Se podrá pensar que la guerra inminente, lo que se ha dicho sobre esto y sus consecuencias incalculables son los generadores de todo. Está bien, pero insistimos en que por debajo de lo que ciega más al mundo hay un proceso económico global que se ha venido desinflado. Y con el epicentro en quien debe ser la locomotora, el arrastre de los demás (nosotros no somos, quédese tranquilo...).
Cuando aparece un indicador al que se puede leer, retorcido, como que hay señales de mejora en la situación de Estados Unidos, todos corren a festejar. Pero la sucesión de señales contrarias deja en un marco lo otro. Y Europa está viendo, también, que el «efecto globalizador» los hará participar no solamente de las uvas sino también de las ortigas (que es el gran ardid de sus inventores).
Así las cosas, una Bolsa porteña que está merodeando los 600 puntos y que todas las mañanas intenta seguir viviendo en su propio microclima, que dejó 13% en dos meses -promedio- y que tiene plazas que han subido de 20% a 25%, resulta una especie de oasis dentro del escenario global. Lo que pasó desde inicios de marzo, no obstante, resulta una señal para seguir, porque hay principio de flojedad y que no le permite, aunque intenta, ni siquiera llegar a los 600 que ya había reconocido en enero. Es como la historia del Bismark: un torpedo solitario le dio en el timón y quedó dando vueltas, expuesto al ataque.




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