Bien podrían hacer un simposio acerca de definir si «Braden o Perón». A media cuadra, otro donde se discuta si «Saavedra o Moreno». No, por ahora la gran discusión atraviesa por si unas cuadras de la avenida Sarmiento deben o no llevar el nombre de Rosas. Si es por Rosas, varios otros «rivales» podrían aguardar para desafiarlo y, en consecuencia, armar una convocatoria municipal para establecer si «Urquiza o Rosas», «Rivadavia y Rosas»; el ganador enfrentará a Mitre (a quien espera Adolfo Alsina, si gana el duelo). Una soberana estupidez, en un país que se debate entre fantasmas electorales cargados de estática, y cuando: A) Rosas hasta ya salió en los billetes argentinos, acaso la mayor muestra de una soberanía. B) Todavía no se ha establecido quiénes resultaron los patriotas y quiénes los indeseables de la historia nacional. Lo decíamos vez pasada: por las dudas, se les hicieron monumentos a todos. No quedaría bien, tal el modo de tapar las cosas, moverle el piso de las estatuas a más de uno que está allí trepado, cuando su actitud y actuación podrían resultar sumamente cuestionables en épocas muy difíciles y cuando había que consolidar la independencia. Tomamos el asunto porque es otra muestra de cómo nos vamos por las ramas, cuando el mismo tiempo y espacio físico se podrían utilizar para temas que urgen en la hora. Además, para completar este sainete porteño, la propuesta de cambio de nombre y de que Rosas ocupara su chapa se tuvo que aplicar -justamente- en la avenida Sarmiento. Habiendo tantos nombres de personajes foráneos con los que no tenemos que ver ni de casualidad, venir a proponer ese reemplazo solamente se podría entender como la busca de polémica, o de que el tema no quedara en una simple tramitación formal. Saltaron de un lado, se ofendieron del otro, se cruzaron agresiones y cada uno con su fanatismo a cuestas, el que suele impedir observar aciertos del adversario, posiblemente se fueron a casa creyendo que cumplieron con el deber.Y para que no faltara la escena de ciencia ficción donde se intenta hacer hablar a los muertos (en tal caso, Perón ha sido actualizado a gusto y placer por muchos políticos), O'Donnell aseguraba que «Sarmiento no se hubiera opuesto...» Y, en la réplica inmediata, la opinión resultaba que «Sarmiento no le hubiera dado, no trescientos metros, ni cincuenta centímetros de la calle...». Parecía exagerado afirmar que el drama nacional no es que retrocedemos, sino que no hemos avanzado nunca, deslizado en esta columna días atrás. A la vista de este tipo de aconteceres, en el momento elegido, enfrentando a dos pesos fuertes de la historia como esos boxeadores que retornan después de muchos años retirados, no queda más que afirmarnos en la creencia. Y no descartemos que, en cualquier momento, se convoque a otra discusión en la Legislatura, presentando algunas de esas luchas de antaño como las arriba mencionadas.
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