17 de septiembre 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

«Se puede cambiar y seguir siendo absurdo...». Sencilla reflexión que leímos en la juventud, que siempre se pegó a nuestro lado y que suele emerger cuando pensamos que estamos en tren de andar cambiando algo, dando por sentado, que el sólo hecho de cambiar nos llevará a una instancia superior. O en la calidad de trabajo o de pensamiento o de confort hogareño, o todo aquello que represente una situación que ya no será la misma. La permanente apelación «al cambio» que se puede advertir en mucho discurso mediático, parece también haber prendido en buena parte de la población. Y puede ser un camino a nuevas frustraciones, suponer que llegó «el cambio» y que todo lo que ello trae son variantes favorables. Hegemonía oficialista en el Congreso, sin necesidad de conseguir el quórum y dispuestos los legisladores a que «se voten las leyes que necesita el Ejecutivo» (olvidando la función de ser otro poder, capaz de analizar y hasta de oponerse a aquello que no resulte positivo para el país), podrá organizar largos episodios de mala oratoria, para que se diga: «Muy bien, votemos esto, tal como lo quiere el gobierno». Parece que el mecanismo ya está cerrando y queda ahora observar en qué se «cambia», cuando hay tantas caras, largamente trajinadas en diversos colores, que se han vuelto a mimetizar en el poder de turno y que adhieren a la sola ideología del continuar. Con quien sea.
 
Plata fresca no va a haber. Necesidad de atraer capitales, resultará una de las tareas. Y lo que se observa en estos puntos es que el cambio se puede dar en modificar marcos de actuación, de la mañana a la noche, y sobre lo que ya se ha tenido una prueba con la huida del capital francés de Telecom. ¿Qué puede asegurar que lo convenido hoy no sea modificado en cierto tiempo y con la simple voluntad de una ley que revoque otra? ¿Se puede creer en corriente inversora hacia un país donde la tendencia es a desinvertir de parte del capital foráneo? ¿Traerán los propios argentinos esas enormes sumas que, se dice, tienen en el exterior? La seducción del «oro de América» funcionó hace más de un siglo y cuando un desalentado inmigrante italiano -llevado a California por la fiebre del oro- comentaba: «Me dijeron que en América la prosperidad afloraba por todas partes, que hasta las calles estaban tapizadas de oro...». Y continuaba diciendo: «Cuando llegué, me di cuenta de que las calles no estaban tapizadas de oro. Que ni siquiera había calles. Y que estaban esperando que las hiciera yo...».

La Bolsa también deberá ir midiendo en su tendencia hasta dónde la sola incitación «al cambio» es capaz de movilizarla. O si apelará a la sabia razón del inversor foráneo, en bonos argentinos, con la idea de: «Confiar es bueno, pero desconfiar es mejor». Está todo muy a flor de piel. La intención de encontrar otro Highlander, descargando en el personaje la responsabilidad, sin oposición efectiva, inaugura una nueva época. Se verá si lo que viene es progreso.

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