17 de octubre 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

«Demasiada angurria...» diría nuestra madre sobre esa rueda del martes, que se quiso llevar por delante al Merval y como queriendo tocar los 900 en dos saltos. Otra definición no bursátil, pero muy apropiada, es la que solemos refrescar del corredor Roberto Mouras. Comentaba acerca de las carreras de autos y afirmaba que «la mayoría de los accidentes se producen cuando el piloto quiere ir más rápido que el vehículo...». Buenísimo, como para retratar esas ruedas donde el entusiasmo y el temor a quedarse afuera hacen que se pague más aún por cantidades que no lo justifican, atravesando escalas de precios y sin pelear por el centavo. Pero si no se observa que el volumen acompañe y que las escalas se vayan depurando y soportando los embates de ventas, llega un punto donde los excesos de velocidad de los pilotos hacen que el auto de la Bolsa se despierte o vuelque. Es lo que pareció ocurrir el martes, un mercado que venía cebado por el feriado del lunes y como ofreciendo dar el dulce sin mucho trámite. El resultado fue tocar una cumbre de 882 puntos, para después caer rodando hasta casi el cierre anterior, con 864 puntos. Claro, la cámara de aire quedaba patentizada en un monto de negocios que no pasaría de los $ 38 millones para las acciones, una cifra que ya es baja para sostener los avances continuados y con un año que rinde de tal forma. Basarlo todo en que no habrá vendedores poderosos, siempre adaptándose a lo que haga la demanda, suele llevar a estos chascos, y donde todo parece sonreírle, empiezan a llover las órdenes de venta. Que es hermoso poder cortarle una oreja al «oso» y dejarlo de trofeo, pero resulta demasiado arriesgado suponer que se la estén cortando cuando todavía no se lo ha cazado...

El mercado no perdona que el piloto quiera ser más rápido que el auto; con entusiasmo y buena técnica se pueden conseguir ciertos logros, pero no consolidarlos. Para ello, hasta ahora no se inventó otro elemento que:
el capital. Y puede ser una señal la del martes, en lo que hace a las necesidades que se habrán de presentar para desandar la última centena y tocar los 1.000 soñados. En tal caso, la pelota pasa del lado de la demanda, pero cuesta imaginar en qué régimen de negocios deberemos sumirnos para subir y depurar. Depurar y afirmar. A medida que se acerque el número redondo más impresionante, con tres ceros, los descremes pueden arreciar y no hay que olvidarse de que todavía habrá que dar batalla por los 900 puntos. ¿Y qué hay del valor de los activos, además de los precios? Habrá papeles que se saturen de alzas cuando sus condiciones no los respalden. Esto también genera turbulencias y desde los propios grupos de control, que saben cuándo todo se tiende a sobrevaluar. Y saben que «no se debe asar lo que está cocido». Hay promesa de meses finales con una Bolsa colorida. Lo esencial es que la meta no se convierta en obsesión fatal; ruedas como la del martes deberían quedar al margen y buscar la velocidad apropiada para llegar seguro.

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