26 de marzo 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

La alegría por el visto bueno dado por el FMI y la devolución de los 3.100 millones de dólares no fue proporcional a la noticia acerca de cuánto es el incremento, operado sobre la deuda externa global. El primer caso, con gran despliegue y difusión; el segundo, sintetizado en algún recuadro en los medios y -prácticamentesin cobertura en los programas de dispersión masiva de televisión.

Regocijados por una suma cero, de pago y devolución, sin deprimirnos por ese taxi de intereses que prosigue acumulando. Una explicación, más allá de lo técnico, desde lo humano, puede ser que: cuando uno se acostumbra a no pagar sus compromisos, todo le da igual. Total, no piensa pagar nunca. El clásico «anotame», al comerciante de la esquina, para después mudarse o cruzarse de vereda. Quizá la peor de las escuelas para ciudadanos actuales, y juventud que está recién creciendo, la de repugnar los compromisos como si resbalaran. Obviamente, sin por eso dejar de dormir apaciblemente, con un gobierno que se dedica a mezclar los conceptos de dignidad y estafa, o pretender que una se puede solventar en base a la otra.

La alegría del acuerdo trajo otra consecutiva: la de imaginar que esto liberará más fondos frescos desde otros organismos. Los que pasarán a engrosar la deuda que no se piensa pagar. Como para pensar que tales entidades se merecen el default, sólo por... tontos.

En el mercado bursátil todo estaba dispuesto para desplegar otro festejo en los precios a lomos de ese visto bueno cantado desde antes, pero que podía «trabajarse» como otra noticia impactante. Lo frustró el arribo de lo sucedido con Israel y los palestinos, doblegando a todas las Bolsas ese día y hasta Buenos Aires debió plegarse cuando tocaba con la mano su cota de Merval en los 1.300 puntos.

La clara alerta «amarilla» sobre el abastecimiento de energía, una cuestión fundamental para el país y para las empresas cotizantes, no pareció tener demasiada presencia en los considerandos generales. A menos que se lo pueda encontrar por ese aplastarse de la rueda del martes, totalmente insípida en volumen que se contrajo y precios sin fuerza. Las perspectivas al respecto son de tono bien delicado, más todavía cuando no se está con capacidad instalada a pleno y con el invierno por delante. ¿Cómo se sale? Nada parece poder ser inmediato para solucionarlo; nuestros geniales conductores económicos solamente acusan a las empresas. Pero no se fijan que al dejar quebrarse los «precios relativos» y con tanta demanda que se pasó del combustible líquido al gas, por lo barato, el asunto no reside sólo en la boca de pozo, sino que las empresas ligadas dan cuenta de que «en los gasoductos troncales la demanda saturó la capacidad» (La falta de planificación, también se ve en esto.)


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