Tras el epicentro de la crisis económica, que no ha sido superada en buena parte de sus consecuencias, se debe encontrar una expresión que sintetice aquello que ha impregnado a la sociedad que vivió el proceso. Que puede ser el mal para vencer y que no permite ser simplemente medido por las marcas habituales, con las que nos manejamos casi siempre: inflación, cotización del dólar, índice de crecimiento, tasa de desempleo, liquidez de la economía, índice Merval, gráfico del valor de la soja, etcétera. Acostumbrados a simplificar en un número, cuesta entender qué es aquello que parece mecerse por encima de nuestras cabezas y que se empeña en nublarnos la vista si queremos proyectar una tendencia, una inversión, o sentar un emprendimiento. El desbande social -verificable en todos los estamentos y clases-, el derrumbe de ciertos valores y principios básicos, la falta de ideas líderes -por oposición al surgir de líderes sin ideas- puede que nos hayan llevado a un verdadero estado de anarquía de lineamientos, esto es, a un «caos intelectual». Donde el abanico de pensadores y pensamientos, mezclando escuelas e ideologías, política y economía, ideales y mezquindades, abarca toda la gama posible. En cada nota, en cada opinión de personaje más o menos renombrado (que no significa notable) se puede estar sopesando una supuesta «solución» a los males.
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Y en tal «caos intelectual», donde se confrontan opiniones tan opuestas, el país se debate en sacar partido de situaciones que lo hagan durar en una semiestabilidad de sus componentes sociales y económicos, pero sin poder encaminar la proa detrás de un objetivo común básico, como para hacer que la energía se oriente a mover las ruedas hacia una meta. Si se quiere ver reflejado en algún número índice tal caos, la Bolsa es lo más próximo a poder demostrarlo, con su febrero tan lúcido y su marzo corrosivo. Y todo cabe en la feria de argumentos, como para justificar las ponencias tan disímiles, buscando en el arsenal de problemáticas sin resolver y de ideas sin convocar. Puede uno leer distintos columnistas, prestar atención a la colonia de entrevistados por los medios, atender a lo que baja de cargos gubernamentales, y terminará comprobando que nos seguimos debatiendo en un desbande de la sociedad -derivado de la crisis- que nos ha restado hasta la más penosa de las seguridades, pero seguridad al fin: la de ni saber si vamos mal. En la Bolsa, el más sensible de los instrumentos, se puede dar fe de que nadie sabe bien qué espera por delante, en el testimonio de tales golpes de mercado que se están asumiendo. Sostener todo, aferrados nada más que a los ratios, a los números, ignorando esa niebla que va ocupando todos los espacios, es tensar al destino y que el caos nos tome por el cuello. Informate más
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