12 de abril 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

Siguen los cascotes sobre el frágil techo del rancho argentino, y «aquello de lo que no se habla» (la inaudita jugada de no canjear nada, restar de la deuda, y hacer humo veinte mil millones de dólares, largos) encontró un lógico obstáculo al pasar a ser condición, para poder retomar acuerdos con el FMI. Otra encrucijada más, dos sendas que se van delineando cada vez más claras y si el asunto se hace más denso. ¿Qué hacer entre las dos alternativas? Por el momento, intentar mover la piedra apelando a la condición de «enemigos íntimos» con el gobierno de Bush, pero si esto no prospera: las opciones no resultan halagüeñas. Después de tanta posición de recios, explicarle a la sociedad que van a atender reclamos de los que quedaron fuera del canje. O bien, volver a acariciar la idea de no poseer nuevos acuerdos, arriesgando a cumplimientos puntuales. Mientras esto sucede, en otro aspecto de la escena se partió con una teoría revolucionaria. Y que podría dejar patas arriba todo el concierto financiero mundial, en lo que hace a la relación países-acreedores.

Porque desde aquí se invoca con fuerza que una Constitución está por encima de cualquier tipo de convenio, acuerdo, articulados, que se puedan haber firmado. Imaginar que cada Nación apele a tomar un punto de su Carta Magna, para derribar cualquier zona de litigios que se le presente: es, sin duda, original. Pero, explosiva.
 
De hecho, nada serviría, sería perder el tiempo atenerse a cualquier tipo de marco legal que se pudiera suscribir, y más sencillo es ponerse en manos de las autoridades de turno para aceptar puntualmente sus condiciones.

Estamos en tiempos donde en la Argentina fabricamos las estrategias más novedosas, sin pensar demasiado en los impactos que pueden provocar en extraños, siempre desde el original «mangrullo» que nos permite observar nada más -y exclusivamente- la conveniencia local. Una forma de tratar de obtener inversiones y promover negocios, como cazar pajaritos echándole sal en la cola: en verdad, el problema es cómo hacer que el pájaro venga a nuestras manos. ¿Enarbolando cada mes, cada año, alguna nueva y retorcida fórmula que se aparte de lo acostumbrado en el mundo? Y... será difícil que el pajarito caiga. Pero, se formuló, se lanzó a los cuatro vientos la «teoría constitucional» para hacer que nada posea validez de lo pactado antes. Y se asiste a tal tipo de anuncios sin que se generen mayores comentarios, como si se tratara de usos y costumbres internacionales, o aun locales. Es imposible tener, capítulo a capítulo, toda la historia en la memoria, pero no recordamos que algo semejante se haya intentado siquiera ensayar: pasar con la Constitución, por encima de todo andamiaje legal que esté instaurado. O será que, ante la sucesión de fórmulas originales, la capacidad de asombro ha sido agotada.
Puede ser.

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