¿Habrá posibilidad de ver ampliada la base de negociación, no como excepción, sino levantando el promedio de manera sostenida? Pero, al retroceder un año, pararnos en medio del enero de 2005, esto nos impone de una realidad que sirve como atenuante a lo actual. Y es que hace un año, el promedio por rueda no llegó a superar los $ 40 millones para acciones, apenas con algunas ruedas donde el número de efectivo pudo quebrar los $ 60 millones.
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Ahora, coloquemos razones en el otro platillo. Y allí sale perdiendo lo de ahora. Porque aquel enero anterior tenía la mochila encima de lo que iría a suceder en el año, tanto con el canje de deuda como en lo político posterior. Ambos vallados fueron sorteados; se suponía que en este ejercicio debía aparecer una llanura fértil, despojada de incertidumbres profundas. No es así. Lo único que sucede es que varían los peligros. Y hoy, todo se concentra en poder dar combate eficaz a la inflación, con un eslabón siguiente que resulta de provocar algún tipo de corriente de inversión robusta, productiva.
En el plano político, la ruta asoma como despejada, con ciertos dilemas delicados en la posición de política internacional -la dirección que se adopte, saliendo de los avances ambiguos-, aunque no con problemática de orden local. Un sistema cada vez más «presidencialista», modalidad de poseer un pastor que todo lo sepa y lo adivine, donde no importa demasiado la división de fuerzas legislativas, porque llegados los temas claves siempre se termina por acatar «lo que pide el de arriba», y los votos de una u otra manera siempre se reúnen.
Las inversiones están en la fase de los «lunares», con anuncios dispersos de empresas, que no llevan ningún tipo de ordenamiento y donde el país tampoco envía señales sobre marcar las sendas donde se las requiere de modo urgente. Tanto pareciera que existe felicidad si se amplía una fábrica de galletitas, como si los anuncios fueran a la industria de base. O a la energía.
Recordamos, en virtud del renglón anterior, una reflexión que nos dejaba -acerca de nuestra Bolsa- un veterano operador de época de viejo recinto. Era el gran auge de sociedades dedicadas a rubros menores -como la pizarra donde florecían las de alimentos y golosinas-, y este hombre nos sentenciaba: «Mirá, puede decirse que nuestra Bolsa inversora se terminó. Cuando las galletitas son la estrella y los fierros están sin demanda, es que algo muy malo se va formando en el país...». Está todo demasiado revuelto, en el estilo inaugurado de no poseer ni planes ni proyectos bien determinados, no prioridades en la búsqueda de objetivos. Esto es como para remedar a un amargado Winston Churchill, cuando Inglaterra les ponía el pecho a los alemanes. Jugaba con una frase de Lord Nelson, parafraseando. Para nosotros sería: «El gobierno espera que cada empresario cumpla con su deber».
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