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Que la Bolsa local otorgue a sus seguidores un enero como el que está a punto de concluir resulta poco menos que un lujo. Porque es un mercado inserto en un escenario sumamente rústico, con gobernantes que atan las cuestiones con alambres de fardo y hasta perder tiempo al presidente de la Nación, llevando empresarios de uno en fondo para firmar «acuerdos» precarios y sometidos a una serie de variables -como la propia energía, o los tironeos gremiales- de los que nadie quiere hacerse cargo. En la lucha contra la inflación, renace la ironía de Churchill sobre los norteamericanos. En esta lucha: «El gobierno espera que cada sector cumpla con su deber». Menos el gobierno. Que, en gran medida, nos trajo la inflación de vuelta y sin siquiera darle la importancia que se merecía en sus primeros rasgos. Ahora, cunde el desorden y la prisa, se ponen en circulación las viejas medidas fracasadas y -en tanto- se produce un enorme boquete en las previsiones energéticas.
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