12 de marzo 2007 - 00:00

Cupones bursátiles

Dejemos por un momento a los mercados del día por día y sus achaques, para ir en busca de un asunto que pasa a ser preocupación de los negocios del siglo XXI. Un caso que tuvo en jaque a la SEC en estos meses y que culminó con la suspensión para cotizar de nada menos «35» especies -de rango menor- en los paneles del Nyse, puso de relieve la mala utilización de un vehículo tan valioso -si se lo utiliza bien- como el de Internet. También, esto refresca episodios del pasado y a los que solamente los diferencia la tecnología puesta a disposición. Yendo por partes, lo de ahora es una suerte de operativo « antispam» contra los envíos masivos de mensajes, que se efectuaban con vaticinios de supuestas alzas de acciones. Una mezcla de avivados que especulan con aquella histórica aseveración de que: «a cada minuto nace un tonto en el mundo», sobre las que armaban sus trapisondas famosos operadores de Wall Street de los años 20.

Y es así que la SEC ordenó la suspensión de operaciones para cantidad de acciones, a fin de proteger a los inversionistas -incautosde posibles fraudes. Lo que realizaban los sujetos detrás de estas maniobras, era sencillo: se estimó en unos cien millones el número de correos electrónicos que se enviaban -por semana- divulgando informaciones falsas de todo tipo y en búsqueda de hacer subir las acciones involucradas. Lo demás es fácil suponerlo. Sólo con una pequeña cantidad que «pique» la carnada, esos papeles empiezan a trepar en sus valores y los estafadores de la otra parte, sencillamente: venden, sacando partido del aumento de cotizaciones. La SEC habla de ciertas «alzas espectaculares» que se producían -seguramente por la escasez de mercado de tales especies- y una vez en la cima, todo se desvanece.  


Muchas décadas atrás, hubo casos famosos y parecidos. Se enviaban cartas a unos 50.000 «clientes», a 25.000 se les decía que el mercado iría a subir, a los otros 25.000 que iba a bajar. Después, quedaban 12.500 de cada lado y con el pronóstico duplicado: sucesivamente se iban eliminando candidatos, hasta quedar con algunos miles, donde los aciertos habían sido consecutivos. Y ya estaba preparado el cordero para el degüello. Lo siguiente era contactar a los «gananciosos», prometiendo una suerte de oráculo infalible y -por supuesto- cobrando por el servicio de pronósticos.

Lo que queda de sedimento, muy preocupante, es la perversa utilización de los medios de que hoy se dispone para arribar a todos los hogares de modo inmediato (y barato). Que una cosa es tener que tomarse el trabajo, y el costo, de enviar cartas. Y otro, mucho más simple y masivo, entrar por las pantallas para tratar de «cachar giles» (diría una letra tanguera) y armar un negocio. Peligroso.

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