Apareció otro índice de inflación y nuevamente surgió a su alrededor lo que ya es un show clásico de 2007. Todos los meses se genera el lamentable espectáculo de los medios reproduciendo disidencias con lo que se informa -de parte de economistas o estudios privados-y la gente, que en vez de aunarse e ir en protesta tiende a tomar la cuestión casi jocosamente. Es otra de las facetas insólitas que surgen sobre estos gobernantes, que cada vez tienen más cuestiones que pondrían en jaque a funcionarios de un país más o menos normal y que aquí no alcanzan más trascendencia que verlas en tapa de diarios por algunos días. Y después... nada. Lo mejor, para no tratar de defender lo indefendible, suele ser el silencio absoluto. Pero esta gente suele encima ofenderse cuando la critican ante los hechos más burdos que se van conociendo y, entonces, sale alguno a querer replicar.
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La aparición del jefe de Gabinete -Alberto Fernández-, el encargado esta vez de salir al cruce de los que osan discutir los índices de inflación, por lo menos sirvió para algo más: que todo el mundo pueda advertir cómo piensan en la Argentina, sobre un tema todavía más delicado que los índices falsos. Al sintetizarlo -en recuadro que le dedicó « Clarín»-, el señor Fernández apuntó: «Es la primera vez que en la Argentina veo a todo el mundo reclamar que el índice sea más alto» (!!!). ¿Será necesario aclararle que lo que se quiere es que sea la verdad y no una grosera caricatura de la realidad? Pero tal vez alentado por su ingenio, el funcionario la embarró del todo: «Lo único que altera esto son los derechos de los acreedores» (!!!). ¿Habrá repasado Fernández, u otros, la barbaridad que sintetizó en la frase? Aunque ésta resulte la esencia de lo que, en verdad, piensa el gobierno: que si se alteran derechos de acreedores, todo el pueblo debe sentirse feliz y reconocido de que se estafe en su nombre.
No contento todavía, porque su verba lo llevaba a rematar el desaguisado, pareció que quería invitar a un plebiscito, al decir: «Yo quiero preguntarles a los argentinos sin en verdad quieren un índice más alto, que sólo beneficie a los acreedores» (!!!). ¿Habrá que aclararle, de nuevo, que nadie quiere un índice más alto -obvio-y lo que se desea es que resulte más bajo por causa real y no por manipuleo? Pero, además, dejó en superficie que los «acreedores» del país -como los bonistas-o bien todos los que resulten acreedores de otros, siempre deben ser maltratados (lo que se puede ver en la práctica, a diario) y como si ello fuera algún principio justiciero que la población debe alentar. Es terrible que esto parta de un funcionario de tan alto rango, no de un simple vocero imprudente y cualquiera que repase con detenimiento lo dicho verá su gravedad, que excede, en mucho, el hecho de tratar de defender un índice. Es resumen de una estrategia perversa. (Y así piensan traer inversores.)
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