24 de agosto 2007 - 00:00

Cupones bursátiles

«Si algo demuestra la historia, es que nunca nadie aprendió nada...» Una sentencia grave, pero que -al menos en lo que hace al historial económico del mundo- no queda otra que darle la razón. Al día de hoy, mientras prosigue la «autopsia» sobre el último gran descalabro (y en la principal economía del mundo), quien ha leído algo sobre otros meteoros que asolaron a los mercados, cercanos y más distantes, no puede menos que advertir que lo que se escucha es una música conocida, casi clásica. Buscar culpables entre los que son eslabones débiles de la cadena, o simples factores funcionales -como las críticas a las «calificadoras»-, repasar la actitud tomada por los bancos centrales (los tradicionales denominados «prestamistas de última instancia») y discutir sobre si las medidas son buenas, malas, suficientes, escasas (según el opinador de turno y desde el lado de la mesa donde se ubique). El secretario Henry Paulson -de Estados Unidos-, que vino cambiando sus dichos a medida que la tormenta embravecía, ahora lanzó otra originalidad: «Cuando los mercados comprendan lo que sucede, volverá la normalidad...». Mal planteada, se olvida que una ley de oro es que con el mercado no se discute nunca. Y si pasó lo que pasó, es porque los mercados entendieron muy bien lo que sucedía: entonces, aplicaron su remedio más eficaz e implacable, dejar salir la presión.


Pero hay para ir más allá. Y después de coleccionar opiniones de todos los colores, y de todos los actores, un residual que nos queda -a nosotros, que somos una voz muy limitada- es que el mundo, las economías, no son capaces de hacer bien las cosas con dinero «barato». En cuanto se dan zonas prolongadas de tasas de interés muy laxas, hay dinero para producir, para crecer, para el crédito. Pero otra buena parte se fuga hacia el frenesí de los negocios financieros. Hasta que forman una natural «burbuja», en cualquier tipo de instrumento que hayan tocado. En procura de un mundo donde los dirigentes se llenen la boca hablando de crecer anual fastuoso, continuado, quedan expuestos los flancos de la inflación y de los excesos: que culminan en desastres.

Un alto costo por crecer demasiado rápido, que termina por obligar a una suba del costo del dinero (lo que vino haciendo la nueva Fed, desde bastante tiempo) y la carrera contrarreloj no siempre llega a tiempo. Menos, cuando un monstruo en un mercado está lanzado y es casi imposible desarmarlo gradualmente (como el show inmobiliario). En el juego pendular de bajar en demasía, o subir aceleradamente, se tendrá que hallar un punto medio: y donde las etapas se quemen más despacio, el crecimiento resulte más graduado, y no exista tanto capital de bajo costo fugando hacia los activos que forman «burbujas» (y arman fortunas de la nada, o ruinas súbitas). Pero será inútil cuando esto se apague: se estará engendrando otro incendio.

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