5 de febrero 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

No es cuestión de discutir escuelas económicas, o si los privados son más eficientes que el Estado. O bien, si el Estado debe intervenir de manera indiscriminada, aunque pase a soportar fuertes déficits. En el mundo moderno lo que puede reclamarse a los gritos es que se coloquen frenos a la codicia desmesurada, que los controles trabajen sin ningún tipo de concesiones, que se salga a proteger al inversor común en todo tipo de terrenos donde -es evidente- corre serios riesgos de ser estafado. Esto va mucho más allá del plano de la inversión, aquello que deriva del ahorro y va en procura de una renta. Lo vemos a diario, que en el simple ejercicio del consumo, la estafa está a la vuelta de la esquina. Si no se trabaja a fondo para poner en caja a los que solamente piensan en cómo hacer dinero en base a los desvíos, esto que se está sufriendo ahora con el tema de la gran «burbuja» inmobiliaria en Estados Unidos, solamente será predecesora de futuras burbujas que se formen en otros rubros.

En realidad, tal como se vienen manejando las cosas, son reflexiones en el campo de la inutilidad. Y lo que se podrá esperar es que retorne en algún momento la calma, acaso se vea una penalización a ciertos personajes menores -con nombre y apellido- pero con el virus que erosiona a los sistemas, cobrando fuerza nuevamente para multiplicarse, crecer, salir por otro ángulo de negocios.  

Toda la historia de mercados muestra claro que los mismos nacieron desregulados, pero que después tuvieron que ser dotados de marcos y normas para no dejar que el salvajismo y la angurria convirtieran a las inversiones en una simple lucha de gladiadores y donde al simple inversor... se lo comían los leones. Hubo puntos bisagra, que sirvieron para modificar escenarios de actuación y barrer con toda una camada enorme de pícaros y estafadores, que se hacían el gran plato con el dinero de los demás. Lo que ahora no se percibe es, justamente, eso: que altere de tal forma al mundo estos últimos desastres, como para darle una vuelta de tuerca a viejas disposiciones y adaptarlas a los negocios modernos, con los derivados y desvíos modernos. Ergo, adaptar penalidades y normas de seguridad, al enemigo que hoy se tiene que enfrentar.

Que haya surgido un nuevo Nick Leeson, corregido y sumamente aumentado, socavando las raíces de una entidad de larga estirpe -como el Société Générale- indica que el dinero que corre por el mundo (y ahora mucho peor, porque va por pantallas en el acto) corre un desmesurado peligro. Si el inversor lo pensara sabiamente, más bien debería volver a las fuentes: convertir dinero en «metálico» y enterrarlo en el fondo de su casa. Aseguradoras que pueden explotar, calificadoras que no advierten nada, directivos negligentes -o corruptos-, gobernantes inmóviles.

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