20 de febrero 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

Hay principio de recesión. No habrá un crecimiento más lento. Entre estas dos opciones, cualquier ávido lector podrá hallar -en medio local y extranjero-una paleta de colores y matices distintos. Cada escritor de una nota intentará que ésta posea sustento: y, además, dar públicamente su pronóstico sobre las posibles soluciones y/o tiempo que llevará salir del entuerto.

Lo que deriva de ello, como de todos los problemas que aquejan primero violentamente, es que las personas se van haciendo impermeables a todo lo que siga. Más por atosigamiento dialéctico que por falta de interés en que se vea, en la práctica, un síntoma de escenario que rompa hacia un lado, de una vez por todas.

El lunes Wall Street no estaba dentro del juego, se vivió una rueda como de descanso y sin notarse esa enjundia que afecta diariamente, esperando nuevos mensajes de la Fed, ratios económicos (aunque resulten de los más superficiales), una aparición de Greenspan, la salida de Bernanke a colocarse un bálsamo... Todo el show que acompaña a la cuestión principal. Y que en el mundo actual se inflama mucho más, con el concurso de Internet.

A esta altura, ya todo el circo estará completo y con sus protagonistas principales: el Merval recuperará volumen, pero también retornará a la locura antes descripta. En la que también nos vemos envueltos, porque no hay modo de dejar de lado cuando un nuevo cable aterriza trayendo más y más evaluaciones, más pronósticos, más juego semántico para decir la misma cosa (lo que Greenspan anuncia como «umbrales de recesión» no dista mucho de «crecimiento más lento» de Bernanke). Algo así como la temida palabra «depresión» (impresa a fuego durante crónicas de la Gran Crisis) después quiso ser suplantada por «crisis de crecimiento», que dibujaron economistas modernos.  

Lo que nunca debe hacer un inversor es apartarse del cúmulo de evidencias: aunque éstas lo lleven a lugares desagradables y a los indeseados. Y protegerse con la armadura de la desconfianza permanente, sin caer en la tentación de creer a rajatabla en alguno de los grandes nombres que le hablan desde un diario y de notas que dan la vuelta al mundo. Todo se va cambiando, acorde con las circunstancias, fíjese -por caso-de qué manera la publicitada « inmunidad» de nuestra economía, frente a lo que pudiera estar presente en el exterior, se fue tornando en otras apreciaciones. Y hasta llegar a ese informe del Central, elevado a presidencia, donde surge la «alerta amarilla» por lo que pudiera golpearnos.

Así como si aparecen un par de semanas con el Dow Jones en repunte, se alzarán mil notas diciendo que todo: ya pasó. Pero no son números, son personas. Y la gente no se va a tranquilizar de pronto.

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