Decíamos ayer... pero, ayer feriado, y conviene reiterarlo para quienes no hayan tenido el diario en sus manos, que al rastrear al índice Merval clásico a lo largo de los meses, para hallarle un pariente cercano, había que correr mucho calendario hacia atrás. Exactamente hasta llegar a noviembre de 2006 y donde -por última vez mensual- el indicador había concluido debajo de los 2.000 puntos, hasta estos días mortíferos de julio de 2008...
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Y esto tanto daba una imagen aproximada al agrado de retroceso de nuestro mercado, que bien se podía aplicar -si es que una Bolsa es espejo de un país- a la propia marcha en reversa que hemos dado como tal.
Año y medio atrás, el Merval extendido estaba en las mismas marcas que ahora. La gran diferencia es que aquello estaba rematando una gran faena del ejercicio de 2006, ascendente y nítido, que concluiría con utilidad promedio de 35% para las acciones. Desde allí comenzó otra etapa (que nunca se sabe de entrada, sino que lo confirma la historia tiempo después), y puede verse que no todo es obra de esos difíciles meses actuales. El 2007 ya fijó una decadencia y el venir bajando, por la pendiente, tras haber hecho cima. Porque en el ejercicio anterior el saldo de las líderes resultó tan magro, que perdió por notable margen frente a cualquier inversión alternativa. Y de modo grosero si se aplica el concepto del « término real», al cotejar la suba nominal del índice -apenas 3% escaso- contra la inflación existente y que, como se falsearon los índices, hubo que considerarla como en torno de 25 por ciento.
Uno podrá decir cómo es que el mercado bursátil delataba un volcán que recién comenzaría a echar lava y fuego muchos meses después. Bueno, debe atenderse a que ya en 2007 aparecieron los problemas de la crisis en Estados Unidos y todos los mercados lo sufrieron en grande.
Un buen atenuante, antes que una excusa pueril. Pero, es cierto que existió un principio del «adelanto», diciendo que lo mejor había sido visto y que lo que seguiría podía sostenerse solamente por una inercia, un impulso de mercado lanzado y que debe parar gradualmente.
¿Adónde nos lleva saber cómo se fue gestando la pendiente que hoy se sufre plenamente? Pues solamente a saber que una etapa decadente no es fruto solamente de un hecho -conflicto con el campo-, sino que resulta una cadena eslabonada y que va mellando la expectativa racional del inversor optimista.
Acaso ya se venía pagando el tonto esquema aplicado de tratar de acumular reservas, pero haber rifado lo más preciado para un gobierno, el crédito. La confianza en sus actos, que tenía la posibilidad de variar frente a un cambio de mandato y que no se produjo. ¿Qué hubiera pasado sin la crisis inmobiliaria? Es una pregunta que admite toda hipótesis.
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