Cupones bursátiles

Economía

... Decíamos ayer, acerca de la nota de Paul Samuelson sobre «Por qué hace falta rescatar a Wall Street», que sin querer pasar por irrespetuosos, no nos cerraba del todo la argumentación. Esta contenía afirmaciones explosivas del tamaño de: la tarea de un gobierno es perder dinero. Asumir que los bancos centrales fueron creados para asistir y apagar los incendios que se produjeron a lo largo de la historia, en desastres financieros y económicos. Y hasta comparar esto con erogar dinero en policías y bomberos, utilizados como crudos ejemplos de ese gastar dinero público en beneficio de la sociedad.

Nos queda un sabor a fatalismo en lo escrito por tan notable -y experimentada-figura del mundo económico. El autor no ensaya, ni sugiere, ningún principio de solución para lo principal: que la historia no se repite. Al contrario, deja trascender que esto -fatalmente-seguirá siendo así, como lo ha venido siendo desde tanto tiempo antes. Si bien encabeza su artículo refiriéndose a que: «Debido a que el gobierno no ejerció en absoluto una suma regulación de los bancos comunes, de la banca de inversión, de los fondos de riesgo, de los prestamistas hipotecarios y de otros fondos privados, especulativos...» y coloca a todos los protagonistas del desastre inmobiliario y financiero en la fila de los condenados, Samuelson se centraliza solamente hacia el salvataje que debe aplicarse. Es más, explica -para ahuyentar temores-que esto no pondrá en riesgo a la Reserva Federal y los sistemas fiscales -en la manera de la Gran Crisis-, sino que se podrá sacar adelante, con muchos menos perjuicios que entonces. No omite pasar factura a « expertos de Wall Street y economistas de la Casa Blanca, que contaron con que se produciría un aterrizaje suave...». En tal caso, el autor también está actuando sobre los hechos consumados y a la vista, y se puede afirmar que tampoco él -y su gran prestigio-advirtió y dio la señal de alarma cuando todavía tenía utilidad. Así, aparece como uno más que realiza una «autopsia» sobre el cadáver de una crisis instalada.

La idea de derramar todo el dinero necesario, porque ésa es una función natural de los gobiernos, luce como cobija para que la codicia disparada (y sus mismos intérpretes actuales) se reciclen y vuelvan bajo otras facciones, métodos y herramientas a producir una próxima «burbuja» que pueda derivar -como ahora-en crisis profunda. No se observa a un analista de tanto peso utilizarla para reclamar por las más drásticas medidas ya capaces de cerrarles los caminos a los desvíos siguientes. Y da la sensación de que todo se resume en tener que aguardar una crisis más en la vieja lista.

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