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29 de julio 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

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Casi todos los pronósticos, de quienes nos miran desde afuera, revisten dentro de la línea de lo agorero. Y no es que exista una «campaña en contra», que suele ser el remanido modo de contestar de funcionarios o políticos oficialistas, sino que tales pronósticos se fundamentan en una serie de cuestiones que los que vivimos aquí conocemos sobremanera. Con la diferencia de que, además, las vinimos sufriendo. Si alguien opina que se hace difícil poder ofrecer un activo argentino, cuando los índices -oficiales-del país resultan todo un misterio de muy dudosa veracidad, no hay nada que se le pueda discutir. Y mucho menos ofenderse con el inversor foráneo, que se quiere seguir manteniendo alejado de lo nuestro.

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Y si ya arrastramos la pésima señal de aquel arbitrario «canje de deuda», al que siguió el atropello de otorgar a los bonos nuevos emitidos un índice de inflación falaz, comiéndoles buena parte de la renta, el cuadro de situación que exhibimos no puede ser más funesto. Hace tiempo que hemos «rifado» el crédito, la confianza externa. Y con todo lo que se vino sumando en estos meses, también se armó otra regia «rifa» con la confianza que continuaba depositando el habitante local, a pesar de todo.

Para equilibrar la penosa cuenta, ahora estamos embarcados en cargar más lastre a la mochila, tomando un complejo de aerolíneas sobre el que solamente se difunden datos sueltos, varios de ellos que se chocan con lo que dice la otra parte. Y hasta con declaraciones confusas sobre el destino final que se procura. El segundo semestre ya está sumamente comprometido por todo el acumulado que se arrastra, pero en lugar de un siguiente paso que pudiera recrear confianza -externa y local-, el gobierno decide meterse en honduras: cuando no existía ninguna exigencia popular para querer volver a tener una línea estatal.  

De Aerolíneas no hay nada que pueda sonar a confiable, al menos a la luz pública, pero no es lo peor, sino que una vez que el gobierno consiga llegar al objetivo, menos todavía los habrá. Ni balances en orden, ni puntuales, ni que puedan ser compartidos con la sociedad. Tampoco queda claro cuál es la estimación de rentabilidad que se tiene sobre semejante inversión. A menos que se hayan tomado en serio aquello dicho por Samuelson sobre que los gobiernos están para perder dinero, en tanto se destine a cosa pública.

Pero, ¿es que no hay nadie a quien se le ocurra aplicar un sistema donde la compañía deba estar cotizando y presentando sus números en una Bolsa?

Todo es decisión de unos pocos, con dinero de todos.

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