12 de mayo 2003 - 00:00

Cupones burstátiles

El mercado es como una marea que deja sus señales en la playa, en el flujo reflujo. Una tendencia alcista siempre dejará un poco más de arena mojada, aunque la ola venga hacia atrás: esto constituye, en idioma doméstico, la base de ese conjunto de editoriales de Charles Dow que, luego, se convirtieron en su famosa teoría. Y aquello de: «el mercado puede verse como un río...» -de Elliot- quien revolucionara la técnica bursátil, el grafismo, con su incorporación de las «ondas» que había predicado Fibonacci, confluyen en ciertos criterios de fondo, aunque sus formas y desarrollos resulten distintos.

Volumen y precios, en ese orden, como las figuras excluyentes, pero coordinadas en los movimientos homogéneos, o dispersas cuando se producen desórdenes de tendencia. Herramientas muy utilizadas en la práctica bursátil moderna, que solamente tropieza con lo imprevisible, aquello que el mercado no puede «descontar», simplemente: porque lo imprevisible es lo desconocido, lo que no estaba en ningún considerando, muchas veces ni siquiera obraba como una posibilidad remota. En nuestro medio, la «variable ingobernable», el estallido de un imprevisto, estuvo siempre a la vuelta de cada página de la historia. Como están dadas las condiciones, esto deberá ser menú frecuente, ante un país de tal modo fraccionado en todos sus órdenes. Que muchas veces obliga a «tirarse un lance», ya sea al individuo o una empresa, en el lugar donde debería existir una «proyección». Leer balances de gran parte de las sociedades, de las enormes hasta las más chicas, impone de ese moverse en estado de incertidumbre permanente. Ahora, porqué política se aplicará en rubros esenciales, si por una vez se podrá confiar en que las pautas y marcos serán respetados. Si los que dicen que harán tal programa, lo llevan a la práctica sin dar de esas sorpresas tan comunes en estos años. Y la incertidumbre atroz de no saber qué sucederá con las ventas y los costos, de aquí al mes que viene.

El inversor en empresas que aquí cotizan, no puede menos que «tirarse un lance» también, y el que se arriesga con la Bolsa está casi obligado a jugar al día sus chances, lo que ha restado la base de un mercado: el inversor de medio y largo plazo, salvo algún institucional que no pueda mover cartera por sus dimensiones, quedando las aguas agitadas y revueltas, plenas de tiburones cazando en superficie. Los «golpes de mercado», como el de antes de las primeras elecciones, resultan así la tendencia normal, que sube a la playa, llega hasta donde puede... y detrás, quizás, no venga otra. La sujeción al riesgo permanente, llevado a su expresión máxima, no es un buen campo para sembrar inversiones que quieran llegar y permanecer. Como nunca lo fue el «inversor extranjero», asegurándose que la salida estuviera libre, consiguiendo aranceles más bajos, viniendo y descremando ciclos: pero, sin importarle más que un juego con pimienta, capaz de darle realce a un portafolio puntual.

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