Daniel Funes de Rioja, expresidente de la Unión Industrial Argentina (UIA) y socio fundador de la firma jurídica Bruchou & Funes de Rioja, asegura que la discusión sobre el marco de protección de los trabajadores de economías de plataforma debiera asimilarse al de los países nórdicos, que adoptan un esquema de “flexiseguridad”. En ese marco, el titular de la Academia Nacional de Ciencias de la Empresa interviene en el debate inminente por la reforma laboral y entiende que es necesaria porque el mundo atraviesa una “transformación tecnológica enorme”, que vuelve inevitable “el reemplazo de mano de obra de baja calificación”.
Daniel Funes de Rioja, sobre la reforma laboral: "Escribo sobre el tema hace 50 años, pero no somos el padre de la criatura"
El expresidente de la UIA describe el mercado de trabajo en donde se plantea una reforma. Resalta la importancia de la tecnología, la educación y la infraestructura para una reconversión productiva.
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Daniel Funes de Rioja.
Asimismo, niega que su estudio jurídico haya participado en la redacción explícita del contenido, tal como trascendió: “Hace más de 50 años escribo sobre el tema, pero no somos el padre de la criatura”.
Respecto del contexto que atraviesa la industria nacional, Funes de Rioja afirma que los sectores de alta demanda de mano de obra intensiva deben “reconvertirse”, al tiempo que el desplazamiento productivo hacia la Cordillera y la Patagonia “no está acompañado por redes de infraestructura” que especialmente necesita.
“Si no se reduce la presión fiscal, crece la informalidad, aparece el contrabando”
Periodista: ¿Cuál es la discusión respecto del futuro del sector industrial que se está dando puntualmente en este momento?
Daniel Funes de Rioja: Creo que hay dos planos. Por un lado, está el contexto internacional, que no podemos perder de vista: atravesamos cambios profundos desde el punto de vista tecnológico, en las relaciones políticas y en los modelos de integración —o de desintegración, como quiera llamarse—, y todo eso incide directamente en las posibilidades productivas y en las alternativas que se abren.
En ese marco, está claro que hoy la polarización entre Estados Unidos y China se consolidó con mucha más fuerza, y se suma también el peso de determinados países asiáticos relevantes, entre ellos India. También aparecen Corea y otros actores que están en el mismo plano y que, evidentemente, compiten industrialmente con Argentina. Es un aspecto que no se puede descuidar.
Por otro lado, se observa una declinación de la influencia de la Unión Europea. En ese sentido, espero que el Acuerdo Unión Europea–Mercosur finalmente sea efectivo: yo tengo mucha fe en ese acuerdo. Pero también es evidente que hay que escalonar los pasos para llegar a modelos de complementación económica en los que el tema productivo industrial sea central, particularmente con Europa.
Segundo, está el plano local. En Argentina se vuelve a hablar de reformas estructurales, pero ¿qué significa concretamente? Para mí, implica replantear el sistema fiscal.
En la industria —y esto lo dije desde la UIA y también lo planteé desde COPAL en su momento—, la presión fiscal combinada entre Nación, provincias y municipios supera en muchos casos el 50%. Entonces, ¿cómo se supone que un sector productivo compite con ese nivel de carga? No se puede.
¿Qué termina pasando? Empiezan a operar otros factores: crece la informalidad, aparece el contrabando y se instala una apertura comercial que no luce equilibrada cuando existe una distorsión fiscal tan fuerte.
“Los sectores más intensivos en mano de obra tienen que reconvertirse, encontrar su modelo”
P.: ¿Hoy se está poniendo a discutir, a la fuerza, qué le conviene producir a la Argentina y qué no? ¿O todavía estamos en un estadio previo a esa discusión?
D.F.R.: No, yo creo que hay muchos sectores que ya son plenamente conscientes de eso. No digo que sea todo el mundo, pero sí hay sectores que vienen reconvirtiéndose de verdad: desde el sector primario hasta la agroindustria.
No cabe la menor duda de que también hay otros sectores que son de punta naturalmente. La industria automotriz, por ejemplo, atraviesa desde hace tiempo un largo proceso de reconversión. Lo mismo ocurre con la siderurgia y con otros sectores.
Ahora bien: también existen sectores que son, todavía hoy, los más intensivos en mano de obra en Argentina. Y esos sectores tienen por delante un desafío central: reconvertirse, encontrar su modelo.
Pero para hacer ese esfuerzo de reconversión también hay que replantearse varias condiciones de base. Por ejemplo: si el sistema impositivo funciona o no funciona; si el sistema laboral es acorde para poder incorporar personal; si existe la infraestructura necesaria; y, sobre todo, si hay acceso al crédito, que es fundamental.
Además, Argentina hoy tiene un contexto internacional que, justamente por su complejidad, también le abre una oportunidad para entrar. Estamos ganando algo que no teníamos. Y eso no lo gana únicamente el Gobierno: lo gana la sociedad argentina. Lo que estamos recuperando es credibilidad.
“Lo importante es que Argentina pueda competir con trabajo argentino”
P.: ¿Cómo analiza, en el contexto que describe, lo que sucedió con la licitación Techint–Welspun? ¿Qué puede hacer el Estado para priorizar el trabajo y desarrollo argentino en este caso?
D.F.R.: A ver, hay una ecuación de costos donde influyen todos esos factores que son, justamente, asignaturas pendientes. Son temas que se han encarado, que están en el Congreso y que esperamos que florezcan rápido, porque hay que encauzarlos. No cabe la menor duda.
Ahora bien, mientras tanto, es muy difícil hablar de una licitación en particular cuando hay otros oferentes, cuando se compite y hay reglas de juego. Yo, además, no conozco el caso específico más allá de lo que vi por los medios.
Pero, en definitiva, lo que sí digo es que lo importante es que la Argentina pueda competir —ya sea con empresas argentinas o empresas internacionales— con trabajo argentino.
Ahora, la pregunta también es si lo tenemos en el lugar adecuado. Porque hoy en Argentina hay una enorme concentración urbana en tres o cuatro grandes centros, y después tenés un país que se está desplazando hacia la Cordillera y hacia la Patagonia desde el punto de vista productivo. Sin embargo, esa circulación a través del territorio no está acompañada por redes que respondan a esa velocidad de los cambios.
Durante el período 1870–1900 se crearon redes como los ferrocarriles, pero hoy no hay un mapa que esté respondiendo con la misma dinámica. Y para eso necesitás infraestructura concreta: rutas, comunicaciones, vivienda, educación y salud.
P.: Me parece interesante lo que marca, porque en este proceso de reconversión productiva puede pasar que un trabajador de una industria intensiva en mano de obra —por ejemplo, en la provincia de Buenos Aires— se quede sin trabajo porque cierra su fábrica o porque la producción se relocaliza. ¿Cómo se acompaña ese proceso? ¿No debería existir una estructura que acompañe esa relocalización?
D.F.R.: Creo que esto va a ocurrir de dos maneras. Primero, hay que reconocer que existen políticas sociales activas que funcionan como red para aquellos sectores marginados o más vulnerables. Pero eso tiene que complementarse con un sistema educativo, porque la salida no puede ser solamente asistencial: esto es enseñar a pescar, no dar pescado. Y ahí es donde se empieza a ver un camino.
En segundo lugar, en la medida en que se afirme esta credibilidad y esta posibilidad de crecimiento, lo que yo he visto recorriendo el mundo —y a lo largo de cuatro décadas de actividad internacional en organismos internacionales— es que hay mucha formación que debe hacerse, especialmente con los jóvenes, a través de escuelas técnicas o mediante lo que se conoce como entrenamiento en el trabajo, directamente dentro del empleo.
Hace no mucho tiempo visité una planta automotriz muy importante en Italia y prácticamente la mitad del personal eran jóvenes que se estaban entrenando para ocupar los lugares de quienes están cerca de jubilarse, o para reemplazar tareas que van desapareciendo porque surgen nuevas funciones. Este fenómeno ya se está dando y representa una gran oportunidad, sobre todo para los jóvenes.
“La transición tiene que ir mostrando instrumentos y direcciones”
P.: Pablo Lavigne, secretario de Coordinación Productiva, dijo en una charla de la UBA: “La mejor política industrial es la que no existe”. ¿Alcanza con generar condiciones macroeconómicas para que el sector productivo se desarrolle o hacen falta políticas industriales concretas?
D.F.R.: A ver, yo creo que el estatismo histórico argentino de las últimas décadas ha sido inconducente. Eso está claro. Y creo que la iniciativa privada tiene que jugar un rol fundamental.
Pero también creo que hay una transición, y en esa transición hay que ir mostrando instrumentos y direcciones. Es decir: ¿hacia dónde va la Argentina? ¿Cuáles van a ser sus máximos desarrollos? ¿Dónde va a poner el acento?
Porque, en definitiva, hay decisiones que se toman mediante créditos, asistencia técnica o educación y capacitación de los trabajadores. Todo eso conforma un modelo activo.
No sé si lo llamaría “política industrial” en un sentido rígido de “usted tiene que hacer esto o aquello”. Pero sí es evidente que la industria es un factor fundamental en un país de 50 millones de habitantes, incluso desde un punto de vista técnico, para generar ocupación y trabajo que le dé dignidad a la gente.
Hoy tenemos problemas graves como la informalidad, la anomia, la mala educación o el abandono escolar. Todo eso hay que revertirlo. Y cuando lo revertís, necesariamente tenés que utilizar herramientas complementarias.
“Argentina tiene más unicornios que muchos países de la región”
P.: Estamos en el marco de la próxima discusión sobre una reforma laboral. En ese sentido, y pensando por lo menos en los últimos diez años: ¿qué luces y sombras destacaría del mercado laboral argentino?
D.F.R.: Primero que nada, hay que rescatar el talento que existe en Argentina. Somos, notablemente, una mezcla de orígenes muy diversos que han logrado conjugar potencialidades. Y esas potencialidades son un activo muy importante mirando hacia adelante.
Durante muchos años, en el ámbito internacional, uno viajaba a cualquier lugar y escuchaba siempre lo mismo: “los argentinos, algunos, son excelentes”. Pero hoy hay otra mirada.
Me parece que esta posición peninsular que históricamente nos aisló, hoy puede convertirse en un nuevo motivo de integración. Y esa realidad implica también darle mayor homogeneidad a los factores de la producción.
Dentro de esos factores, el tema del individuo formándose para trabajar o para liderar se vuelve cada vez más relevante, especialmente en la economía del conocimiento.
De hecho, Argentina tiene más unicornios que muchos países de la región: eso es capital. Tenemos más premios Nobel que muchos países del mundo: eso también es capital. Y tenemos, además, una población que afortunadamente no tiene prejuicios raciales o religiosos y que incluso cuenta con habilidad lingüística para integrarse mejor al mundo.
“La modernización laboral es importante porque atravesamos una transformación tecnológica enorme”
P.: ¿Cómo mejora la reforma laboral ese potencial que usted describe?
D.F.R.: Yo no lo llamaría “reforma laboral”. Creo que es una modernización laboral, porque las instituciones laborales argentinas son vetustas.
Hace un año escribí un texto que titulé “El dilema de la modernización en el campo laboral en la Argentina: utopía o asignatura pendiente”. Y hace poco publiqué otro que se llama “Modernización laboral, impositiva y política de Estado”. ¿Por qué? Porque hay un punto central.
En primer lugar, estamos atravesando una transformación tecnológica enorme. La inteligencia artificial y la digitalización están avanzando de tal manera que se vuelve inevitable el reemplazo de mano de obra de baja calificación y de acciones repetitivas por tecnología. Esto es inexorable.
Y no se trata de que el modelo industrial argentino “tenga que ir” hacia tal o cual lugar por una elección ideológica: lo que tiene que hacer es respetar esta realidad tecnológica, porque esa realidad va a ser su base de sustento. Para eso, evidentemente, no podés seguir teniendo instituciones laborales pensadas para los años 50, 60 o 70.
Hay que pegar un salto hacia una nueva realidad normativa y, además, superar muchos prejuicios, presunciones, niveles de litigiosidad y tasas de interés que abruman, sobre todo, a las pymes.
Hoy, ¿quién crea una pyme con trabajadores plenamente formales bajo este esquema? Muchos terminan zambulléndose en la semiformalidad, en la informalidad o en los grises. ¿Por qué? Porque, de cualquier manera, sienten que “van a terminar en un juicio”. Y, lamentablemente, muchas veces eso es cierto.
Por eso hablo de modernización laboral. No es una reforma: es un replanteo, porque estamos viviendo otro mundo, un mundo tecnológico completamente distinto.
Ahora, junto con eso quiero plantear otra cosa, que es la educación. En la Academia Nacional de Ciencias de la Empresa seguimos de cerca experiencias internacionales: hubo 250 empresarios estadounidenses que se dirigieron a su gobierno y le dijeron algo muy concreto: “digitalización e inteligencia artificial desde el primer grado, porque si no, no se llega a tiempo”.
“Hace 50 años que escribo sobre modernización laboral, pero no somos el padre de la criatura”
P.: Entiendo que el estudio jurídico que usted encabeza —Bruchou & Funes de Rioja— aportó a la redacción del proyecto de modernización laboral. ¿Es así? En tal caso, ¿en qué aspectos?
D.F.R.: No. A ver: primero, yo hace más de 50 años que escribo sobre este tema, y hay otros profesionales que también lo hacen. Mucha gente puede haber aportado ideas, pero la responsabilidad de la redacción, de los contenidos y del texto final corresponde al Gobierno, en lo que hace a la iniciativa, y a los legisladores, en la etapa en la que se está tratando. No somos “el padre de la criatura”.
“Tener un trabajador autónomo con un marco regulatorio es mejor que la informalidad”
P.: Cuando se discute sobre el mercado de trabajo —y no solo en Argentina, sino en distintas partes del mundo— aparece un sujeto quizás incómodo: el trabajador de plataformas. En Argentina, ¿existe un límite para el crecimiento de este tipo de empleo? Y si es así, ¿es posible darle un marco de derechos para que se desarrolle?
D.F.R.: Es un tema muy discutido. Se está debatiendo en este momento en la Organización Internacional del Trabajo y también lo discutimos en la Organización de Estados Americanos.
Yo creo en los modelos de lo que en los países nórdicos se conoce como “flexiseguridad”. Es decir: por un lado, hay flexibilidad organizativa, que contempla tanto trabajadores dependientes como no dependientes. Porque, en última instancia, el trabajador que toma el celular y decide “hoy no voy” actúa como un autónomo.
Eso no quiere decir que no deba tener determinados seguros, desde el punto de vista personal y de la protección social: salud, cobertura y otras garantías.
Entonces, no es per se una relación laboral dependiente. Se puede intentar encuadrarla como tal, pero, aun si se la considera autónoma, debería tener ciertos marcos de protección social.
Además, hay un factor que importa mucho: el tiempo que cada trabajador de plataforma le asigna a cada cliente o a cada actividad. Justamente, una de las características centrales es que existe la posibilidad de aceptar o no aceptar. Y esto, en algún punto, está pasando en todo el mundo.
Lo que está claro es que no son trabajadores dependientes “porque sí”: son trabajadores autónomos.
Y ojo: siempre es mejor tener un trabajador autónomo con algún tipo de marco regulatorio y cobertura, que una situación completamente en negro. Por eso hablo de fórmulas al estilo nórdico, que contemplan las dos cosas: por un lado, que no haya relación laboral dependiente; y, por el otro, un esquema de garantías dentro de un sistema de protección social.





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