15 de agosto 2003 - 00:00

El Citi se achica más en la Argentina

¿El Citibank se va del país? En fuentes del sistema financiero se escucha cada vez con más fuerza esta versión, que se basa en varios indicios que apuntan en esa dirección: el descabezamiento de su cúpula local, la casi desactivación de sus operaciones en Uruguay, la dramática reducción de su presencia en el resto del continente y -sobre todo- el escasísimo interés que tiene América del Sur para la actual conducción mundial del gigante financiero estadounidense.

Y si bien su posición está lejos de ser similar a la de, por caso, el ScotiaBank -que levantó campamento de un día para el otro-, también es verdad que su retracción es muchísimo más profunda que la que encararon otros bancos líderes (el Galicia, el Río, el Francés, por ejemplo) contra los que el Citi alguna vez quiso competir.

«No creo que se vayan: Buenos Aires es la primera sucursal que abrieron fuera del Estado de Nueva York. Pero uno debe preguntarse, ante su obvia pasividad, si su falta de acciones comerciales, su durísima política de recortes y el congelamiento de sus carteras (cuando no, la expulsión lisa y llana de clientes) tendrán una presencia activa o meramente simbólica. En otras palabras: si las sucursales que les quedan abiertas se usarán para generar negocios o simplemente para fondear los balances. Creo que la respuesta es la segunda»,
dice un observador del mercado financiero.

Los números parecen hablar por sí mismos. El Citi llegó a tener más de 100 sucursales en todo el país; hoy ese número se redujo a la mitad, y según los planes de reestructuración que circulan internamente, se espera recortar esa cantidad de agencias a un máximo de 45 (con probabilidades de «estirarse» hasta 40).

Desde ya, el recorte de la presencia geográfica del Citi tuvo su correlato en la cantidad de gente que emplea: así fue como en el último año redujo su plantilla en alrededor de 45%. Para lograr este objetivo de manera lo menos traumática posible, el banco ofreció jugosísimas indemnizaciones, que llegaron, según los casos, a dos sueldos por año trabajado más un bonus extra.

¿Generosidad? No solamente: también tipo de cambio favorable. En otras palabras, el costo en dólares de desprenderse de casi la mitad de sus empleados fue un tercio menor de lo que hubiera costado al grupo un año antes.

En la reestructuración, para la cual la casa central nombró al actual CEO de la filial argentina, Juan Brouchou -un abogado que viene de Malasia y Venezuela-, se conversó con todos los integrantes de la conducción local sin excepción, charla que apuntaba a transferencias territoriales o a una salida amigable. La mayoría optó por la segunda alternativa, incluidos su entonces CEO Carlos Giovanelli, el encargado de mercados de capitales César Deymonaz, el VP a cargo de relaciones institucionales Guillermo Stanley, el tesorero Eduardo Trucco y el director comercial Tim Gibbs. El recorte llegó hasta Carlos Fedrigotti -que estuvo a cargo de la filial Argentina hasta pasarle el mando a Giovanelli-, quien presidía la sucursal Milán del Citi.

La voluntad de reducir su presencia en el país llegó a ser un secreto a voces de tales dimensiones que
un ex CEO del grupo local acercó una propuesta para hacerse cargo del «Citi residual», lo que quedaría de la entidad luego de la retirada de los estadounidenses.

¿Por qué este cambio de estrategia en el Citi respecto de la Argentina? Sencillamente, porque el Citi ya no es el Citi: desde 1998 el banco fue absorbido (oficialmente se trató de una fusión) por el grupo Travelers. Esta corporación, al revés del Citi -que siempre tuvo una fuerte presencia en los mercados internacionales-, creció casi exclusivamente a través de operaciones dentro de Estados Unidos.

Desde 1998 se desató una feroz lucha interna en la fusión Citi-Travelers, que terminó con la incuestionable victoria de Sanford «Sandy» Weill, un hombre de Travelers que desplazó a toda la vieja guardia que provenía del Citi, incluido el conocido para los argentinos John Reed; otro «amigo» de la Argentina, William Rhodes, conservó una vicepresidencia honoraria. Hace exactamente un mes, Weill dejó la presidencia del grupo, transfiriendo el mando a su delfín Charles Prince, lo que garantiza la continuidad de las políticas establecidas por el ex CEO para la corporación.

¿Qué preverían esas políticas para la región?
Cada vez menos actividad -salvo, obviamente, en México, donde en 2000 compraron Banamex en casi u$s 13.000 millones- y una progresiva retirada. De hecho, hasta antes de la fusión, las filiales en mercados emergentes del Citi representaban cerca de 45% de sus operaciones; hoy esa incidencia se redujo a 10%, y no sólo por la incidencia del tipo de cambio. En este marco, se anunció esta semana el cierre de las oficinas en Uruguay y su «traslado» a Buenos Aires (salvo dos agencias en Montevideo y en Punta del Este). Está claro que América latina ya no es un área de interés para el Citi.

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