26 de diciembre 2001 - 00:00

El gobierno no podrá evitar la dolarización

El nuevo Presidente se ha declarado a favor del sostenimiento de la convertibilidad. En ese sentido, considero que sería un aporte del Congreso a la confianza general que reflotaran el proyecto de ley presentado por la ex diputada Ana María Mosso de volver a la vieja convertibilidad contra el dólar (1 a 1). En éste también se preveía habilitar al PE, de considerarlo necesario, que negocie un tratado monetario con los EE.UU. para dolarizar. Además, debería agregársele un artículo que restrinja la capacidad del Banco Central de avalar los pasivos financieros a no más 10% o 15%, de tal forma de poder responder con una dolarización de la economía ante una corrida cambiaria grave. De esta forma, se daría una fuerte señal sobre la voluntad política del Congreso de avalar el 1 a 1.

Hay muchos que se preguntan si la dolarización es conveniente para la Argentina y yo creo que la pregunta carece de sentido, ya que no serán los políticos ni los economistas los que decidirán la dolarización de la economía argentina. Tal cual van las cosas, la dolarización será un hecho y lo que decidirán los dirigentes será cómo instrumentarla.

Para entender este punto sólo cabe comprender que la moneda es un bien como cualquier otro. Tiene una oferta y una demanda. Esta última depende de la utilidad que le brinda a la gente como unidad de cuenta, medio de pago y reserva de valor.

Cuando el oferente de la moneda nacional (el Estado, a través del Banco Central) decide emitir más de lo que la gente quiere, su valor disminuye. El problema es que, como es la unidad de cuenta (metro) con la que se miden todos los demás precios de los bienes y servicios, lo que vemos es que estos últimos suben en forma generalizada (inflación). Con el tiempo, la gente deja de demandar la moneda nacional debido a que, por su continua depreciación: a) no le sirve para comparar los precios de los bienes y servicios entre sí; b) no se la aceptan en forma generalizada como medio de pago, y c) se harta de que la estafen desvalorizándole sus ahorros. Cuando la demanda de algo cae a cero, su valor tiende a cero. Por lo tanto, esto significa que nuestro «metro» tiende a desaparecer y todo lo que medimos contra él sube enloquecidamente; lo cual se llama «hiperinflación».

La Argentina tuvo tres hiperinflaciones, lo cual debería ser muestra suficiente de que la gente no quiere tener moneda nacional fiduciaria (sin un respaldo contante y sonante) porque no confía en la capacidad de su dirigencia de manejar responsablemente una divisa. Por ello, cuando en 1991 enfrentábamos la cuarta hiperinflación, el entonces ministro Cavallo decidió darle a la gente lo que la gente quería, es decir dólares. Para ello, adoptó una «dolarización disfrazada» llamada Ley de Convertibilidad del Peso que implica que la gente tiene en el bolsillo «un vale por un dólar que le guarda el Banco Central» y al que, hoy, se le dice «peso». Solamente porque la gente confía en que es así, sigue manteniendo pesos en su bolsillo. Baste observar cómo, cada vez que aumenta la percepción de que esto puede cambiar, se deshace del «vale» y lo cambia por el dólar.

• Cuatro caminos

Por ello, la dolarización, como van las cosas, será un hecho; los políticos y los economistas podrán decidir el cómo instrumentarla. Para ello hay cuatro caminos:

a) Dolarización ordenada y con generación de confianza: el gobierno, ya sea a través de un tratado monetario con los EE.UU. o en forma unilateral, decide retirar de circulación los pesos y canjearlos por dólares al valor de 1 x 1, canjeando todas las nominaciones de los contratos en pesos a dólares. Esto permitiría eliminar la incertidumbre sobre la posibilidad de una devaluación y reduciría la tasa de interés; pero no eliminaría los restantes factores de riesgo (políticos, cesación de pagos, corrida bancaria, etc.). De todas formas, funcionaría como un factor moderador del impacto de dichas causales de crisis económica y social, al eliminar la inquietud cambiaria. b) Dolarización ordenada, lenta y con incertidumbre: debido a la elevada percepción de riesgo, la gente seguirá dolarizando sus tenencias de pesos, como lo viene haciendo hasta ahora. Con la permanente aplicación de la Ley de Convertibilidad, esta dolarización por demanda debería ir sucediendo en forma ordenada, en tanto no existan otros factores como los ya mencionados anteriormente que lleven a una crisis, y a una dolarización inmediata y algo desordenada por la escasez de dólares físicos. c) Dolarización ordenada, rápida y con fuerte pérdida de credibilidad: si se decidiera por ley mantener la convertibilidad pero variar el valor al que se cotiza el dólar en pesos, la gente canjearía inmediatamente todos sus pesos por dólares al nuevo tipo de cambio. Esto generará una crisis de credibilidad muy fuerte respecto de la dirigencia política y del gobierno de turno, lo que podría derivar en una nueva crisis institucional. Los tenedores ocasionales de pesos son los que perderían, en la exacta proporción de sus tenencias del día de cambio de regla. d) Dolarización caótica: Si se eliminara la Ley de Convertibilidad y se dejara flotar el peso, todos tratarían de sacárselo de encima lo más rápidamente posible llevando su valor a cero. Por lo tanto, todos los precios medidos contra él tenderán a infinito, es decir, tendremos una nueva hiperinflación. Ya sabemos por experiencia que esto deriva en una tremenda profundización de la crisis económica y social, lo cual seguramente hará insostenible al nuevo gobierno.

Los que plantean la imposibilidad de dolarizar debido a que no hay divisas suficientes en el Banco Central para canjear los depósitos, están mezclando «peras con batatas». Cuando alguien deposita un peso o dólar en un banco, éste guarda parte de él como encaje (en el Banco Central o en su propio tesoro) y presta o invierte el resto. El Banco Central solamente es responsable por la parte del peso o dólar que la entidad depositó en él y sólo por ella debe responder con divisas. Por lo tanto, sólo basta con que la autoridad monetaria tenga las reservas líquidas suficientes para rescatar todos sus pasivos financieros (circulación monetaria y depósitos de los bancos y del gobierno en el Banco Central).

La parte restante es una deuda del banco que, en caso de que el ahorrista quiera retirarlo, deberá recuperarlo de su cartera de inversión o de los créditos otorgados. Si la entidad financiera puede volver líquidos sus activos y tiene el peso para devolverlo, en el Banco Central estará el dólar disponible. Si no puede hacerse del peso o dólar para regresárselo al depositante, no hay un inconveniente con la convertibilidad; es el banco el que tiene un problema de liquidez. Por lo tanto, deberá negociar con los ahorristas la forma de devolución de los depósitos o deberá ser cerrado. De todas formas, siempre será preferible enfrentar una corrida bancaria con dolarización (es decir sin la duda sobre una potencial devaluación) que sin ella.

Por último, no es cierto que una dolarización significaría una mayor necesidad de deflación que mantener la convertibilidad. Alrededor de 90% de la producción de bienes y servicios del país lo absorbe la demanda interna. Esta última a su vez depende de la confianza que determina la propensión a consumir y a invertir y el financiamiento externo de la misma (ingreso de capitales). Por lo tanto, a mayor confianza habrá mayor demanda interna y, por lo tanto, mayor producción y mayores precios internos. Esto significa que, si la dolarización nos pone en un nivel inferior de incertidumbre (al desaparecer la posibilidad de devaluación), nos ubicará en una trayectoria más alta de gasto doméstico, actividad y precios que lo que nos ubica actualmente la convertibilidad. Por lo tanto, aun si persistiera la deflación, ésta sería menor.

En tanto, cualquier alternativa de devaluación con convertibilidad o de flotación (hiperinflación) implicaría niveles mayores de percepción de riesgo. Esto implicará niveles menores de gasto, inversión, producción y de precios relativos de los bienes y servicios no comercializables internacionalmente (léase salarios o valor agregado argentino). Esto implica que estaremos en una trayectoria de bienestar económico muy inferior.

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