Las cifras son atroces. El Covid-19 mató ya más estadounidenses que la Guerra de Vietnam (58.000) entre 1955 y 1975, pero la sociedad no protesta, no sale a las calles, se resigna a la cuarentena. Un mes atrás la Universidad de Washington estimaba que las muertes en los EE.UU. sumarían 60 mil a fines de agosto. Mayo se estrenó con la cuenta en 65 mil. Y morirán miles más. Sin embargo, la pandemia, a esta altura, creó también sus anticuerpos de templanza. Y el aislamiento social es rústico pero funciona.
El virus da un respiro, pero EE.UU. no tiene paz con China ni con cuarentena
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La vida en compartimientos estancos se preserva mejor de las infecciones. Como corolario ya no reina el espanto, la curva de contagios se acható, y hasta se desmontan hospitales de campaña en Nueva York (y los respiradores dan abasto). El coronavirus mata y lo seguirá haciendo -habrá duplicado a hoy los fallecidos de gripe en la temporada 2018-2019-, pero concede un respiro. ¿Ya vimos lo peor? La cresta de la ola del contagio. Quien lea los diarios de atrás hacia delante lo notará. Crecen las necrológicas (récord el viernes con 2909 occisos) pero menguan los titulares de primera plana, y la discusión que prevalece es cómo relajar el encierro cuanto antes. La Bolsa lo vio primero, se puede decir (¿o lo que vio fue a la Fed quitándole obstáculos a su camino?). Contra todos los pronósticos, el rally mantiene su buena salud aunque la economía destruyó 30 millones de empleos. Otro visionario, Warren Buffet, en cambio, no ve mucho que comprar. La fe(d) mueve montañas.
¿Debemos prepararnos para un cambio de cartelera? ¿Baja la pandemia de las marquesinas y sube el boxeo? Si es por el presidente Trump no habría que descartarlo. Las amenazas de sanciones a China -por su manejo controvertido de la enfermedad cuando estalló el brote en Wuhan- refrescaron la confrontación el viernes tras astillar la tregua del acuerdo comercial fase uno. Desde enero que Wall Street no se inspiraba en la disputa para definir sus pasos. Por supuesto, puede quedar en una anécdota trivial; o convertirse en música de fondo, un zumbido molesto como lo fue por largos pasajes de 2018 y 2019. ¿Será que Trump quiere pegarse otro tiro en los pies, y no le basta con el Covid-19? Nadie lo forzó a agitar las aguas. Sin embargo, más allá de su irritación, no querrá fastidiar a la Bolsa, el único árbol que da frutos en un presente ácido, apto para colgar allí la campaña electoral a dirimir en noviembre. Aun así, una represalia certera de Beijing podría hacerle perder los estribos. Convendrá estar atentos. Dos noticias pudieron haber caldeado los ánimos. Una falsa (que Beijing decidió modificar de cuajo su régimen cambiario) y otra verdadera (que el banco central avanza con el proyecto de moneda digital, la piedra fundacional de un sistema de pagos internacional independiente de la red Swift, y del monitoreo de Washington). Con todo, Wall Street debería preocuparse más por los avatares de entrecasa. Flexibilizar la cuarentena es la próxima escala. Veintidos (22) estados (que aportan 38% del PBI de los EE.UU.) abrirán el candado del encierro en los próximos siete días. La economía urge. Se hundió 4,8% en el primer trimestre (y el consumo privado, más del 10%).
Las proyecciones descuentan una caída superior al 30% en el segundo trimestre. Abril debería ser el piso de la recesión. La recuperación tiene que hacer pie en mayo. Es un momento bisagra. Si el confinamiento se prolonga la recesión en tránsito mutará en una depresión tenaz. Si la reapertura de actividades dispara otra oleada de contagios podría fracasar e interrumpirse. Hasta ahora la Fed y el Tesoro atajan los efectos adversos del shock con éxito notable en los mercados financieros, la antecámara de la recuperación real. En abril se emitieron 300 mil millones de dólares en nuevos bonos corporativos grado de inversión cuando lo previsible era una sequía o, más bien, una corrida. En consecuencia, la primera oleada de default y bancarrotas apenas si nos moja los talones.
Es la muerte anunciada, sí, pero hoy tan solo una crónica magra. Salir a ciegas de la cuarentena, y a las apuradas, es tocarle el timbre al peligro y gestionar su regreso. Y así se hará. Porque no hay la suficiente capacidad de diagnóstico temprano, ni de trazabilidad de contactos, ni el músculo para su rápido aislamiento, pero sí hay que ganarse el sustento. Wall Street confía, cree en la expansión cuantitativa, y la multiplicación de los panes y los milagros.




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