Excusas para un divorcio deseado
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La pelea por la defensa de la libertad de expresión en Venezuela es la causa más obvia del enfrentamiento entre los dos países, pero, seguramente, no la más profunda. El intento de desembarco del bolivariano en el bloque sin que mediaran invitaciones demasiado convencidas produjo tiranteces desde el principio, más allá de la sorpresa de EE.UU. y de la Unión Europea por que se aceptase un socio tan peculiar. Su indisimulado intento de competir por el liderazgo con Brasil, atizando incluso los reclamos de Paraguay y Uruguay por las asimetrías regionales, hacía prever más temprano que tarde un final traumático. Brasil no necesita que Venezuela compre sus bonos y camina decididamente hacia una mayor autosuficiencia energética -para prescindir incluso del gas de Bolivia-, por lo que el matrimonio no le resultaba atractivo.
Pero las cuentas, que no cierran en lo político, tampoco parecen cerrar en lo comercial. El propio Chávez dio ayer indicios de los motivos menos confesados pero más estructurales del divorcio. En un repentino fervor por la defensa de los intereses de los empresarios de su país -a quienes suele vapulear públicamente-, les prometió evitar que queden «desamparados» ante la voracidad de sus competidores brasileños. Ya Amorim había sugerido que, más allá de la polémica por RCTV, «las negociaciones a nivel técnico no están concluidas», pero, claro, los titulares corrieron entonces detrás de su reclamo de que Chávez se disculpara con los senadores de su país, lo que terminó ayer en la nueva respuesta destemplada del venezolano.
La fuerte puja por intereses comerciales resultaba clara también si se prestaba atención a las declaraciones públicas y a los gestos privados de los industriales brasileños. Líderes de la poderosa Confederación Nacional de la Industria (CNI) vienen denunciado que la presencia de Chávez en el bloque -con su vetusta retórica antinorteamericana y sus amistades internacionales poco recomendables- dificulta su principal objetivo: que el Mercosurno se agote en sí mismo,sino que sirva de plataforma para la negociación de acuerdos de libre comercio con mercados mayores. Y Lula da Silva va en la misma dirección: ayer viajó a Portugal para firmar con representantes de la Unión Europea el acuerdo que consagra a Brasil como socio estratégico de ese bloque e interlocutor privilegiado ante una región que suele resultarle indescifrable.
Pero las preocupaciones de los industriales brasileños no se agotaban allí. En las últimas semanas enviaron cartas a los legisladores y al propio Amorim pidiendo precisiones sobre las negociaciones en marcha con Venezuela para la aceptación por ese país del Arancel Externo Común, un proceso que veían demasiado lento y, por lo tanto, posiblemente sujeto a demasiadas excepciones.
Por ahora, el Mercosur parece quedar para Venezuela más lejos que Irán. No vale la pena lamentarse por un amor que se desmorona antes de empezar.




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