La Fed estrena política monetaria y pide más política fiscal ya

Economía

El banco central no pudo cumplir nunca con la meta estricta de 2% de inflación. Siempre pecó por defecto. Y ahora se permitirá compensar.

La Fed acaba de estrenar su enfoque flamante de política monetaria. Jay Powell lo anunció en Jackson Hole el 27 de agosto, y la entidad lo aplicó de inmediato, en la primera reunión posterior. ¿Y qué hay de nuevo bajo el sol? Las conclusiones son las mismas: las tasas de interés se mantendrán en torno a cero por lo menos hasta fines de 2023. No cabía esperar otra cosa, aunque la reacción de los mercados marcase su decepción con una merma de precios en la Bolsa. La Fed hizo un rediseño de política, un “restyling” diría la industria automotriz, y no un reemplazo completo de modelo. Es simplemente la versión 2.0 del régimen de Inflation Targeting en operaciones desde 2012. Su nombre: “metas de inflación promedio flexibles”. No había razones para abandonar el esquema vigente, sí para remozarlo. Es que el banco central no pudo cumplir nunca con la meta estricta de 2%. Siempre pecó por defecto. Y ahora se permitirá compensar.

Como antaño, sus objetivos son el pleno empleo y la estabilidad de precios (definida como una inflación de 2% en el largo plazo). Sin embargo, en el corto plazo, perseguirá una inflación moderadamente por encima de 2% por “algún tiempo” tal que promedie 2% “a lo largo del tiempo” mientras las expectativas de inflación de largo plazo se mantengan ancladas con firmeza en 2%. ¿De qué se trata? ¿De un trabalenguas? ¿Existe una fórmula, o una ecuación como lo fue la regla de Taylor, que sirva de guía precisa? No, y no la habrá. Más importante todavía, si las conclusiones de la nueva política son las mismas, ¿por qué cambiarían los resultados? ¿Si la Fed quería una inflación de 2% y no la obtuvo, cómo conseguirá que supere 2%? Se deberían boicotear, al menos, las expectativas de inflación.

En rigor, la Fed alienta un aumento mesurado de las de corto plazo sin afectar la visión estable de largo plazo. En esa inteligencia, quizás el “timing” de las metas de inflación 2.0 no sea inocente. Compútense los siguientes elementos de la realidad actual. La economía se recuperó a partir de mayo y la salida progresiva de la cuarentena. El pronóstico nowcast de la Fed de Atlanta (usualmente más volátil que certero) avizora un crecimiento del PBI de los EE.UU. de 32% anualizado en el tercer trimestre. Aun así, la actividad seguirá por debajo del nivel previo a la pandemia. En paralelo, las lecturas de inflación minorista operan en ascenso sostenido desde junio. En los tres meses a agosto, los precios treparon 1,6% directo (tres décimas por encima de lo acumulado en los últimos doce meses). Es una velocidad-que no es de crucero- de 6,6% anual. Y con un dólar débil en el horizonte (aunque amaga más que lo que concreta) y grandes planes de infraestructura en danza en el mundo resucitan las cotizaciones de los commodities. Quizás, la Fed se prepara para el contexto de una inflación más alta. Así se entendería mejor: anticipó la contingencia, y blanquea una política flexible que tolera una reflación moderada sin lastimar su credibilidad por no correr a destruirla ni bien cruce el umbral del meneado 2%. Si se lo piensa, los bonos mandan. Ellos fijarán el límite práctico de lo admisible. La parsimonia de las tasas largas será el reaseguro de la Fed sobre el anclaje de las expectativas inflacionarias de largo plazo.

Sin embargo, la economía transita un camino de cornisa donde los barrancos son dos. El covid-19, en segunda oleada, es la principal amenaza. Israel, que surfeó la primera sin problemas, debió encerrarse por el redoble de la infección. En Europa suenan alarmas varias. Hay confinamientos localizados en España y Gran Bretaña. EE.UU., por fortuna, aprovecha el plus de una primera onda prolongada que ahora amaina. Pero nadie está seguro. Un nuevo parate no puede desecharse. No es casual que Powell estrene política con un uso intensivo de la palabra. ¿Y qué dijo? Abogó por más política fiscal. Ya. De inmediato. Lo que sería la ley Cares 2.0. O sea, que se retomen los pagos de beneficios extra a los desempleados por la pandemia. Giros que recibían 30 millones de beneficiarios y se cortaron a fines de julio. La política no se rehúsa, pero prefiere que sea después de los comicios. En el intervalo, si el impulso inercial de la recuperación se agota habrá que soportar un mal trago. La Bolsa metió en sus precios una expansión de lujo. Y la elección es el 3 de noviembre, pero ¿cuánto tiempo -y encono- llevará definir el escrutinio?

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Temas

Dejá tu comentario